sábado, 15 de agosto de 2020

VACACIONES 2.020

Hay una casa blanca en la costa de Huelva que anochece con la brisa y la luna llena asomándose al jardín. Dos cronopios te reciben con platos deliciosos, preparados en su cocina, y te dejan descansar en cómodas estancias frescas o charlan contigo en la sobremesa mirando los pinares y las mansas aguas de la piscina. Si se hace tarde por ser el primer día, te llevan (linterna en mano) por la flecha del Río Piedras, en dirección al mar, hasta el patio de luces de colores y bebidas de exóticos sabores -la música sueña con quedarse un rato más a vivir en El Portil-. 

Las flores amanecen las primeras -abren sus rojas corolas de fuego y apuntan al sol con su pistilo-, luego uno, después otro y así hasta que se levanta el último, se van reuniendo a la orilla de la verde hierba. Salen de la casa con la alegría del nuevo día de arena de playa y huellas de pies descalzos recorriéndola. Su mascota se quedó dentro porque por las mañanas descansa panza arriba, así por las tardes, cuando vuelve el cronopio L., que se fue a la ciudad, puede recorrer otra vez, mientras nos bañamos todos juntos, el perímetro entero de la piscina una y mil veces, beber agua salada y traer los palos más largos que encuentre -es un perro pirata que no tiene ni una garrapata-.

Ahora esperamos al barco para cruzar la Ría y llegar hasta el agua marina. La arena hunde nuestros pasos y llegamos quemándonos los pies hasta la orilla. Plantamos nuestros parasoles y comemos manjares más propios que de la playa, de Turquía.
- ¡Soy un puntito en el universo! -grita T. desde el agua después de un largo paseo con M.
- Hemos visto a la gente volar gigantes pájaros de vivos colores -les cuenta M. a los cronopios que se ríen sentados en la arena mojada porque el perro pirata quiere coger el palo puesto de mástil entre las olas. Y así, volvemos derrotados de felicidad diurna estallándonos en los ojos y mulléndonos el cuerpo. Mañana iremos al pueblo a tomar helados. Por hoy, buenas noches: “cada mochuelo a su olivo”.

Me levanto con nubes de sueño todavía en los ojos y T. y cronopio A., charlan tranquilamente. Me gusta verlos juntos; también al cronopio L., que después de su merecida siesta y tras los baños correspondientes de todos, nos prepara unas ricas gambas de la tierra y carne a la brasa de los sarmientos, mientras hemos hablado con el abuelo Santiago y después nos vamos a por esos helados. Es viernes y mañana L. no madruga. Así que nos tiramos hasta las tantas hablando de los distintos matices del color del cielo y de bellos recuerdos, bebiendo ponche caliente con nata y agua de pirata con cubitos de hielo. La mascota, en brazos de L., está que se duerme. El cuatro ruedas sin techo nos ayuda en la misión de la vuelta a casa: el aire nos despeina y roza con dulzura la piel quemada. En un par de días más, nos iremos de su Paraíso a nuestro Hogar y terminarán las vacaciones. Allí nos esperan otros cronopios queridos. Tengo ganas de verlos y me hace muy feliz la idea de encontrarme con ellos de nuevo. Pero esa es otra historia…

TO BE CONTINUED.




















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