Estuve encerrada en mi crisálida un largo tiempo que, de pronto y con la certeza de la ola que rompe contra el acantilado, se descosió, como el manto que me envolvía, y salí a la vida aún con el entumecimiento pegado a los párpados y conmocionada por el golpe de la caída. Lentamente me fui desperezando y reconocí el lugar donde me hallaba: recorrí sus habitaciones con sigilo hasta que una alegría desconocida me sacudió el cuerpo entero, cuando un sonido de llaves que me resultaba familiar, abrió la cerradura de la que, ahora me daba cuenta, era la puerta de entrada de mi casa.
No me dio tiempo de pensar demasiado -solo recuerdo un hormigueo en la boca del estómago-, así supe que eras tú. Entonces me pregunté cuánto tiempo habría estado en aquella fase de pupa y si aún podrías reconocerme. Entraste en el salón y saludaste a nuestro gato. Yo permanecí escondida junto a los restos de mi anterior vida en la terraza. Nada parecía indicar que te hubieras percatado de que yo estaba allí por fin, aunque con un nuevo aspecto. No estaba asustada, allí afuera seguían los mismo árboles aunque con sus ramas llenas de nuevos y vivos colores. Nico se acercó a la ventana que separaba nuestra habitación de donde me encontraba y comenzó a maullar de esa forma que yo recordaba tan bien cuando quería pedir algo. Se levantó sobre sus patas traseras desde la silla apoyándose con las delanteras sobre el cristal.
-Ya te abro —le dijiste sin verme todavía.
Nico saltó al poyete y después me miró fijamente. Le acaricié su pelaje blanco y ronroneó. Después continuó su camino hacia el lado opuesto de la terraza, como siempre hacía. Yo también corrí hacia allí desde donde abriría la puerta de cristal que daba al salón y te sorprendería. Pero no fui suficientemente rápida. Allí estábamos de nuevo, uno frente al otro. Me acerqué hacia ti para besarte pero solo pude acariciar levemente tus labios. Me miraste entonces de arriba a abajo y dijiste:
-Delicadas criaturas, tan frágiles y efímeras como el vuelo de sus alas.
Nico dio un salto e intentó atraparme. Siempre había sido al revés, yo le perseguía para cogerle y él se escondía para reanudar el juego. Entendí que había cambiado demasiado, que ya nunca podríais conocerme como la que fui. Y sin pensarlo dos veces, posada en la barandilla roja, levanté el vuelo y me fui.
sábado, 5 de septiembre de 2026
LA CRISÁLIDA
domingo, 23 de agosto de 2026
SER ÁRBOL
Carta a mi niña interior
Quiero creer que nos parecemos a ellos más de lo que pensamos.
Tú me has visto crecer y romperme, florecer y dar frutos, cargar con demasiado peso y finalmente, entender el porqué cuando la nieve que se me agolpaba, se ha derretido. Quiero ser árbol para ti, mi niña, que te arropa entre sus ramas y entre sus hojas te da cobijo, o te deja a la intemperie para que sientas el frío viento en tu rostro y que así vuele tu pelo, aprendiendo a resistir y a buscar tus propios métodos de abrigo. Te daré sombra en verano y te acunaré con el tintineo de mis hojas cuando sople la brisa. Seré refugio en la tormenta y si quieres harás de mí tu hogar. Yo seguiré enraizada a la tierra para que pises con firmeza o suavemente. Ya nadie me moverá de tu lado, porque fuiste tú, mi niña, quien me enseñó a ser así, como un árbol.
jueves, 30 de abril de 2026
CAMINOS
Por eso, ella se para. Toma aire. Y continúa por su camino. Ese que no es exactamente el suyo, porque un camino no es de nadie. Es solo un camino.
Entonces, ella se para y comprueba su respiración. Observa cómo se va relajando el aire que entra y sale de sus pulmones. Aunque no lo vea, está ahí. Limpio y claro. Describiendo un camino. Desde fuera hacia adentro, desde dentro hacia afuera.
lunes, 5 de enero de 2026
EN EL BOSQUE (MIRIORAMA 01)
Existe un bosque de árboles de madera roja como la sangre (igual que sus caminos) y frondosas copas de hojas negras que tiñen el cielo, ya sea de día o de noche. Allí, animales, criaturas y gentes conviven en armoniosa complejidad y simpleza, como si de un cuento de hadas se tratara.
Pájaros de rostros blancos, arbustos de hojas de tinta, encuentros entre caballeros y doncellas, duendecillos con tan solo cabeza y dos piernas, piscinas naturales donde unos brazos piden socorro... Parece una sola escena, y quizás lo sea, porque en ésta todo se conecta: Puertas arbóreas, puertas hogareñas, las capas del caballero y la doncella; el corro de la patata alrededor del tronco del árbol preso, ¿o son los niños que juegan al corro los apresados?
De la oquedad de un tronco no sale un búho, si no una cabeza de larga boca dentada y ojo de pájaro; una niña con una espada está otorgando los honores de caballero a un perrito... Es el bosque: El lugar fantástico donde todo puede ocurrir. Donde los juegos se confunden con historias medievales y tenebrosas aguas estancadas. Donde los ratones llevan collar y calcetines, y tienen rabito de cerdo y solo vemos dos piernas que cuelgan de la copa de un árbol mientras un ratoncito minúsculo se dirige a lo que parece ser su casa con puerta, ventanas y tejado.
Cuando volvamos a mirar este bosque quizás las historias hayan cambiado de sitio y de lugar a esos personajes siempre alados y amados.
lunes, 12 de agosto de 2024
LA BELLA DURMIENTE
domingo, 26 de enero de 2020
LA MARIPOSA
Un día de lluvia la mariposa voló hasta las nubes que tapaban el sol.
- Hoy no puedo confundirme con tus rayos y mis alas llenas de agua, pesan más. Quiero sentirme ligera entre las sombras igual.
Pero el sol estaba lejos y no la podía escuchar.
- ¿Por qué no sales un rato y volvemos a pasear? Volaremos entre las flores y escaparemos del animal.
Al alba la mariposa cansada se paró de nuevo, esta vez en una rama.
- Qué noche más tenue, es larga como el humo y tiene el color de los sueños, pero todo el mundo la duerme.
EL HOMBRE TUMBADO
Érase una vez un hombre que tenía los ojos cerrados, sobre el prado verde estaba tumbado. La hierba se mecía al sentir el viento alado. El corazón de los hombres es como el sol en un cielo olvidado, la pizarra vacía y el borrador en la mano.
Érase una vez un grupo de hombres con azadas que cortaban el largo trigo espigado. Veo la estampa a lo lejos como si solo fuera un cuadro. Porque yo nunca he visto hombres con azadas cortando el trigo espigado, porque yo nunca he visto el sol ponerse sobre sus hombros cansados. Es como si el cielo que los cubre, fuera más bien un manto blanco. O una noche con luna llena en la que queremos ver su antifaz serena. Luna lunera, cascabelera, detrás de la cama, tengo mi azada.
Pero por la mañana toda la noche se aclara y aunque blanca pareciera entonces, bien negra era su parca. El sol me lo ha dicho de nuevo: en la claridad te veo.
LA MARIPOSA Y EL HOMBRE TUMBADO
“Mariposa dorada posa tus alas en mi mirada y arroja los colores de los pétalos de las flores sobre mi cabeza tumbada. Los colores del viento son cálidos en mis párpados cerrados, pero el sol no me deja verte, que sus rayos dejen de esconderte”.
Se nubló el cielo y unas gotas de lluvia cayeron sobre su rostro apagado. Como una rosa que se abre, se encendieron sus ojos cerrados. Como una hoguera en una cueva, sus pasos se levantaron y refugio encontraron. La mariposa ligera voló hasta su mano. Al notar el contacto suave de sus alas, el hombre que había estado tumbado en el prado, se acostó de nuevo en el suelo y se durmió.
Soñó con fresas silvestres que recogía en un cesto. Al abrir los ojos y ver el cesto vacío pensó que todas se las había comido. La mariposa dorada fuera de la cueva volaba. Y el cielo encendido veía el caminar de vuelta a casa del hombre dormido. Solo faltaban unos pasos para llegar y el prado verde muy lejos quedaba, como una mancha borrosa de tinta china que el agua de la lluvia olvida. Ya en casa besó a su mujer, acarició a su gato y se quitó los zapatos llenos de barro. “Mariposa alada vuela de vuelta a los sueños que se cierran como ventanas. Mariposa dorada posa tus alas en mis ojos e ilumina con tu luz mi morada; como si la noche nunca llegara”.
viernes, 22 de agosto de 2014
Vuestros sueños habitan pequeñas moradas donde reside mi transparencia. Allí, como si un ángel fuera, los guardo. Una sonrisa peina mi cabello.
Ilustración de: http://www.otoshimono.org/
jueves, 22 de mayo de 2014
DOCE TULIPANES AMARILLOS
Qué romántico es coger flores silvestres. Pero más lo es bajarse del coche para coger tulipanes amarillos de la rotonda y dárselos a mi holandesa. Me da tiempo, acabamos de parar frente al semáforo. Verde. Ya vuelvo. Mi holandesa me mira desdeñosa, parece que no le gustan mis tulipanes. Se enfada. “¿Por qué has hecho eso?” Me recrimina. “Por ti”, la respondo. “Porque te quiero”. Cruza los brazos enérgicamente y gira la cabeza hacia la ventanilla. “Oye, ¿qué te pasa? ¿No te gustan? Cogeré otros: rosas, verdes, azules… ¡Los que tú quieras! Aunque yo sigo prefiriendo para ti los amarillos”. “Apártalos de mi vista”. Arranco un pétalo y lo mastico –no sabe mal-. Arranco el segundo y sigo masticando. “Ummm, qué ricos… ¿quieres probarlos?” Pero mi holandesa ya no está y mi coche es el único que está parado en plena carretera. Los demás pasan de largo esquivándome a la vez que lanzan pitidos. “¡Quítate de en medio, empanao’!” Pero no pienso moverme hasta que me los coma todos. Ya no me deleito, mastico de golpe muchos pétalos y me trago las flores enteras hasta que sólo quedan agarrados a mis manos los gruesos tallos.
sábado, 26 de abril de 2014
ESCAMAS
Son las ocho de la tarde. La puesta de sol es espléndida, por algo le llaman a este lugar la Costa de la Luz. Recogemos los bártulos y subimos por la duna. Ya en la calzada miro hacia atrás para despedirme del faro hasta mañana. Hoy prefiere conducir Jorge de vuelta. Miro el paisaje a través de la ventanilla, es amarillo, seco. Sólo el pinar verdea a lo lejos. Torcemos en la primera curva a la izquierda y escucho el ladrido de Mora que nos espera tras la verja. La saco a dar un paseo mientras él se da una ducha. Mora lo olfatea todo con impaciencia y, de vez en cuando, me mira con sus ojos húmedos de perro. Está contenta. Mañana la llevaremos con nosotros a la playa. Cuando volvemos, la mesa está puesta.” Hoy cenaremos afuera”, anuncia Jorge con tono triunfal desde la ventana de la cocina. Huele de maravilla. Está cocinando un pollo al curry con arroz. Si puede, evita comer pescado. Es una aprensión que le viene de niño. A su padre le gustaba ir de pesca todos los veranos e insistía en que su único hijo le acompañara. Él rezaba para que los peces no picaran. Odiaba verlos ensartados en el anzuelo, boqueando luego en la cesta. “Y al volver a casa mi madre los asaba y nos los comíamos”, me había contado Jorge horrorizado. Todo lo que sé de su familia ha sido a través de él. Sus padres fallecieron antes de que nos conociéramos. Tampoco he visto fotografías suyas. Las rompió todas después del accidente -se culpaba a sí mismo por seguir viviendo-. Apuro mi plato pensando en cómo habría sido la relación con mis suegros. Me hubiera gustado conocerles. Al salir de mis cavilaciones me doy cuenta de que Jorge me está mirando. Le sonrío. Falta poco para que se haga noche cerrada, el cielo es azul marino. “Apaga la luz”, le pido. Mora se arrebulla a nuestros pies. Casi puedo oír nuestra respiración. Siento mi cuerpo, la energía acumulada durante el día de playa y el sosiego que llega. El aire roza la piel quemada. Los últimos resquicios de luz solar han desaparecido y la vista se ha acostumbrado a la oscuridad. Vamos hasta el jardín para evitar cualquier obstáculo sobre nuestras cabezas. Hemos dejado las sillas donde estaban. Nos tumbamos en el césped.
No se pueden contar, nunca me ha gustado enumerarlas. Son tantas, tan lejanas y brillantes… Forman una bóveda universal. “Soy un puntito en el universo”, declara Jorge. Mucho más arriba, otro puntito más blanco se precipita dejando atrás su estela. “¡Acabo de ver una!”, anuncio contenta. A esta le sigue otra y luego otra más; una tercera. Permanecemos mirando el espectáculo un buen rato. “Creo que te debo un deseo”, me dice Jorge cariñosamente. “Volvamos a la playa”, le contesto. “Mi deseo está escondido bajo el agua”. Nos besamos. Es un beso escurridizo el suyo. Veo la silueta negra de su cara y sus ojos redondos que me observan con asombro. “Sé que no te gusta, pero no es para tanto”, intento convencerle.
Caminamos en silencio durante media hora. Veo el faro por segunda vez el mismo día. El haz de luz cruza sobre nosotros y nos deslumbra. Ahora habitamos un espacio de luz intermitente. “No pienso meterme en el agua”, dice Jorge. “Sólo acércate a la orilla. He traído la cámara. Una fotografía y nos vamos. Quiero ver el mar bañando tus pies. Vamos, es sólo agua.” Parece que va a acceder. Se dirige hacia las olas. Pulso el botón de encendido. Su expresión se ha relajado, aunque quizás demasiado: es un poco anodina. Su mirada no transmite nada. Su piel también es distinta: parece más brillante. “¿Estará sudando?” Me pregunto. Separa los labios. Los vuelve a cerrar. “Ahí está bien, no te muevas. Pareces un pez fuera del agua”, bromeo. “Es lo que soy”, corrobora, “tú lo has dicho: un pez fuera del agua.” Disparo. “¡Misión cumplida! Te debo un viaje”, anuncio. Me acerco hasta él. “Venga, ya puedes alejarte del agua”, le animo. Se ha quedado inmóvil. Una lágrima corre por su mejilla. “Estás llorando.” No me responde. “Venga, lo siento. Vámonos. No volveré a pedirte nada parecido. Lo prometo. Romperé la foto.” Mientras nos alejamos del mar, seco su llanto con mis manos y noto algo quebradizo en su cara, como si sus lágrimas hubiesen cristalizado. Las retiro extrañada e intento mirarlas. Algo se me ha quedado adherido. Un coche pasa de largo por la carretera. Entonces puedo verlo: son escamas.
lunes, 10 de febrero de 2014
GATO ENCERRADO
A veces los alaridos del gato volvían a oírse por la mañana, entonces María sentenciaba que quería subir a conocer al gato de los del quinto. Los del quinto hacía poco tiempo que se habían mudado al barrio y no me atrevía a presentarme delante de su puerta para pedirles que enseñaran el dichoso gato a María. “Otro día, cariño. Cuando no tengas que ir al cole.” Ella se cruzaba de brazos, fruncía el ceño y poniendo morritos decía: “Sí, ya.” Sólo le faltaba sacarme la lengua pero, por lo menos, no insistía. O eso era lo que yo creía hasta que llegó el sábado. “Papá, hoy no tengo que ir al colegio.” Me comunicó con una sonrisa de oreja a oreja. “Entonces… ¿puedo subir a ver a Rodolfo?” “¿Rodolfo?” Le pregunté sorprendido. “Sí, Rodolfo el gato.” Aclaró. Decidido a zanjar el tema, me calcé los zapatos y le dije a María que hiciera lo mismo. “¡Vamos, vamos!” Repetía la niña tirándome del brazo. Después de llamar al timbre, apareció en la puerta un señor de barba espesa y con aire somnoliento. “Disculpe –le dije apurado-, vivimos en el piso de abajo y mi hija está empeñada en ver a su gato. Como maúlla tanto –carraspeé-, no ha habido forma de que se le olvide.” “¡Ah!” –la expresión de su rostro se volvió más despierta-, se refiere a Pepita”. “¡Rodolfo!” Soltó María a bocajarro. “No, guapita, se llama Pepita. Es una gata.” Resultaba extraño tanto diminutivo viniendo de un hombre tan barbudo. “El caso –continuó-, es que Pepita no es una gata común.” “Ya –le contesté-, ¿y de qué raza es?” “No, no –se rió el señor del quinto-. No se trata de eso. Pero no me he presentado: pasen, pasen. Soy Agustín.” Zanjadas las presentaciones atravesamos el umbral esperando que Pepita saliera a nuestro encuentro guiada por esa curiosidad tan característica de los gatos. Cosa que no sucedió. Ya estábamos sentados alrededor de una mesa en el salón cuando nuestro anfitrión dijo algo muy raro que todavía, a día de hoy, no he conseguido entender. En pocas palabras nos explicó que él no tenía ningún gato y que si, por casualidad, Pepita nos hubiera oído, se habría reído bastante de nuestra confusión, ya que era un metagato, es decir, que aunque él quisiera no podía acceder a nuestro deseo. “Pues, como sabéis, los metagatos no tienen apariencia física ni concreta.” Tengo que confesar que salí de allí más asombrado que mi hija que, en lugar de perpleja, parecía sentirse estafada. No por Agustín, el señor del quinto, sino por mí, por su propio padre que no había sido capaz de advertir la diferencia entre un gato de verdad y un metagato, que ni tiene pelo suave ni rabo ni bigotes ni orejas ni ojos y que, realmente, aún no sé qué es lo que tiene. “No te preocupes, María –le dije-. Tengo unos amigos que tienen un gato de verdad, es un gato europeo, muy bonito, atigrado. Esta misma tarde, podemos ir a verlo.” Pero María parecía haber perdido, repentinamente, el interés por los felinos, que le parecían, según me dijo, un fraude y a los que no quería volver a ver en su vida. No sabía que María conociera palabras tales como “fraude” y me extrañé tanto que llegué a dudar de si en lugar de mi hija sería mi metahija. Este pensamiento me llenó de estupor. La miré de nuevo y allí estaban sus dientes mellados, su flequillo tapando un poco la mirada de enfado. Debió de percibir mi nerviosismo porque enseguida cambió de expresión y dijo: “No importa, papá. Podemos ir. Sólo pasaré de los metagatos.” Reconozco que me tranquilizó mucho su habitual tono infantil, aunque también es verdad que, desde aquel día, no hemos vuelto a escuchar ningún gato en el vecindario.
martes, 21 de enero de 2014
miércoles, 4 de diciembre de 2013
SOLVIT FORMIDINE TERRAS
Mi cariñoso homenaje a Ana María Matute y su "Paraíso inhabitado".
lunes, 25 de marzo de 2013
EN EL OTRO LADO
Existe un lugar donde no importa cuándo o por qué llegas. Sin más, entras y todo lo que dejas detrás al cerrar la puerta sigue viviendo fuera como un animal al acecho. Al principio, se acerca cuando apagan las luces y escuchas el sonido de su respiración muy quieto. En este país no llegan las cartas, se acumulan en fardos que luego se entierran. En realidad, nadie sabe dónde está este sitio, pero igual se puede llegar. Su ubicación es desconocida porque los que vuelven de allí sufren una especie de amnesia referente a ese periodo de tiempo en que estuvieron "desaparecidos".
Los habitantes de este país no hablan entre sí, durante su permanencia sólo les es permitido hablar mentalmente consigo mismos y al que quebranta esta ley se le encierra en una dependencia aparte hasta que pierden el ánimo de dirigirse a sus semejantes y de hablar en voz alta. Podría pensarse entonces que este lugar es de un inquietante silencio sepulcral, si no fuera por toda una serie de altavoces que hay colocados a lo largo de los techos que emiten una sintonía de música clásica, excepto en las horas señaladas para distintos avisos que todos indistintamente deben acatar, como la hora de la comida, la hora de hacer gimnasia, la hora de las medicinas, la hora de irse a la cama...
Nadie está enfermo, pero no se quejan por tener que adormecer sus noches con las píldoras azules que les dispensan los hombres de batas blancas; tampoco son especialmente reacios al obligado cumplimiento con el ejercicio físico ni con sus entrenadores personales; no reniegan de la comida que no se parece en nada a la que estaban habituados a tomar con anterioridad, excepto en que les mantiene nutridos. No se sabe bien por qué las cosas simplemente funcionan de forma eficaz.
Ninguno trabaja; estudian atentamente la orografía del país, descartan accidentes geográficos como fallas, montañas o ríos: en El País todo es llano. No existen grietas por las que pueda fugarse una hormiga, así como tampoco existen las hormigas ni ningún otro insecto. Algunos tienen animales robóticos de compañía que permanecen dentro de las habitaciones individuales de sus dueños.
En lugar de ventanas, los cuartos tienen pantallas LED en las que se proyectan distintos tipos de paisajes que no existen en El País y que ninguno de sus habitantes recuerda haber visto nunca. Se diría que les embarga la misma amnesia cuando entran que al salir. Sucedió una vez que falló el sistema de emisión y en vez de imágenes definidas aparecían distorsionadas franjas de colores cambiantes, como ocurría en las pantallas del tren en el que iba antes de llegar a este lugar. No lo recuerdo demasiado bien. Estaba sentada junto a la ventanilla cuando un señor mayor de gafas oscuras que se guiaba gracias a un bastón se acercó a mí. En aquel momento, intenté descubrir los ojos escondidos tras los cristales negros y después, no puedo recordar nada más, solamente una puerta roja que se cerraba y, de nuevo, la misma puerta roja que se volvía a abrir.
miércoles, 11 de julio de 2012
UN PLIEGUE SE ACURRUCA

martes, 22 de mayo de 2012
¿QUIÉN?

¿Sentir? ¿Qué quieres que sienta? Primero conquisté el Everest, conseguí subir hasta su cumbre, he recorrido los valles de los Urales y caminado por la arena roja del desierto de Wadi Rum, he sobrevolado en globo la orografía volcánica de Cabo Verde, he visto renos en los bosques de Canadá, comido carne de foca en Groenlandia y he podido sentir la electricidad cósmica propia de las auroras boreales… Tantos lugares que jamás creí que conocería, todavía viven como recuerdos impresos en mi memoria. Ahora, ¿qué quieres que sienta? Poco a poco, ni siquiera sabré el día en el que vivo. Todo empezó sin darme cuenta, olvidé el nombre de mi nieta pequeña, pero los recuerdos más remotos permanecen inquebrantables todavía. Eso me queda. Las malditas pastillas. Lo sé. Sé que tendría que tomarlas… Odio tener que introducir en mi boca unas píldoras de química ajena para salvaguardar, dentro de lo que aún se puede, lo que me pertenece: mi memoria, mis recuerdos. ¿Sabes? Recuerdo también el día en que te conocí, tú estabas sentada debajo del limonero de la casita blanca de tus padres, aunque yo todavía no sabía que era de tus padres. Recuerdo el olor dulce y amargo y ese amarillo brillante que doraba un poco el sol del atardecer. Tu pelo negro remarcaba la silueta de tu rostro y toda tú, también dorada, con el sol del atardecer. Me fijé en tus piernas largas que se extendían por el césped saliendo de una falda blanca y en cómo comías limones, claro. Me pareció encantador que alguien comiera limones así sin más, a bocados como tú lo hacías, mi amor. ¿También perderé este recuerdo? ¿Dime? ¿Esto también se perderá para siempre? Porque tú, sin embargo, no me prestabas ninguna atención. ¿Te acuerdas de que te saludé? Tú miraste hacia mí guiñando los ojos, te molestaba el sol, y me devolviste el saludo. Recuerdo que todavía te chorreaba un poquito de jugo del limón por la comisura de los labios cuando me acerqué para hablar contigo. Te limpiaste de un manotazo. Siempre fuiste tan salvaje… Y ahora, todo esto se perderá. Lo sé. Puede que no vuelva a despertar nunca más de una anestesia que irá confundiendo mis neuronas, haciéndome cada vez más y más dependiente, de ti, de los hijos, de los nietos quizás. Seré un estorbo. ¿Qué no diga eso? Y luego vendrán los cambios de humor, cuando no entienda qué hago en tal sitio o cómo he llegado hasta allí. ¿Quién te comprará limones entonces, mi amor? ¿Cómo volveré a ver el verde magnético de las auroras boreales cambiando a púrpura y volviéndose azul? ¿Quién te contará nuevas aventuras? ¿Quién inventará una historia real mejor que esta que está por venir? Tú, sí, tienes razón, tú lo harás por mí…
jueves, 10 de mayo de 2012
ZULA ESTUVO AQUÍ
La luz del sol se cuela entre las rendijas de la persiana y Susana se despierta. Se queda un rato más acostada con las manos metidas debajo de la almohada cuando nota que allí hay algo. Asustada retira de golpe la mano y sube la persiana para poder ver. Le había parecido que había tocado unos dedos que no eran suyos, por eso al comprobar que no hay nadie más en su cuarto, respira aliviada. Sin embargo, para quedarse más tranquila levanta la almohada y descubre que hay un lápiz. No recuerda haberlo dejado allí. Algunas noches lee antes de dormir y subraya las frases o los párrafos que más le gustan, pero la noche anterior estaba demasiado cansada y se quedó dormida antes de coger el libro. De hecho, se acuerda perfectamente de que ese lápiz lo usó para hacer la lista de la compra el día anterior y lo dejó al lado de la libreta, en la cocina. Va a la cocina y ve que la libreta sigue en el mismo sitio donde la había dejado, pero ni rastro del lápiz. Coge la libreta y la abre por la última página escrita: ¿eh? Pero esa no es su letra… Alguien, vete a saber quién (ella vive sola), ha dejado un mensaje corto: “Zula estuvo aquí”. ¿Qué estupidez es esa? No conoce a nadie con ese nombre y ningún extraño ha podido entrar en su casa cuando estaba fuera. Vaya broma de mal gusto, piensa, y coge el teléfono para llamar a Carlos, que es con quien estuvo el día anterior. Al otro lado de la línea Carlos la saluda. Susana se apresura a contarle lo que le ha pasado esperando que él se ría y le diga que fue el primer nombre imaginario que le vino a la cabeza, que no pretendía asustarla. Pero enseguida cae en una cosa: ¿y lo de dejar el lápiz debajo de la almohada? Eso no le hace ninguna gracia, su cuarto es un sitio íntimo y más su cama, su almohada. Además… Carlos no se ríe, Susana no puede verlo, pero incluso ha empalidecido. Ese nombre, Carlos lo recuerda. ¿Cómo podría olvidarlo? Además de que ha pasado muy poco tiempo desde la última vez que lo escuchó, no entiende cómo Susana puede saberlo también. Es imposible. Mientras, ella sigue esperando una respuesta hasta que, por fin, Carlos le dice que va a ir a su casa, que prefiere explicarle lo que sabe en persona.
Media hora después, llaman a la puerta. Susana abre y Carlos entra como una exhalación. Le ofrece un café, pero él lo rechaza. Quiere ver la libreta. Esa no es mi letra, afirma. ¿No lo ves? Escribe algo al lado despejando sus dudas. Pero el nombre sí me dice algo. Le cuenta. Yo conozco a esa persona. Bueno, conocer no es la palabra apropiada: le he visto y sé su nombre. Ella no entiende lo que Carlos intenta decirle. Él continúa: ni siquiera puede afirmarse que esa persona exista en realidad, jamás le he visto como te estoy viendo a ti ahora. Lo que sucede es que tengo un sueño recurrente: me despierto y siento que no estoy solo, entonces giro sobre el cuerpo hacia el otro lado de la cama y puedo apreciar una silueta en la oscuridad que duerme placenteramente conmigo. Al principio no siento miedo aunque es inquietante no saber quién es. Entonces, su respiración pausada se acelera un poco, el extraño se ha despertado y, envuelto en un manto de luz azul, como leyendo mis pensamiento, me mira con unos ojos que no recuerdan ninguna otra mirada que haya visto nunca y susurra: Zula, Zula, Zula. Tiene una forma terrible de pronunciarlo que recuerda bastante al sisear de una serpiente, así que siempre, justo después, me despierto asustado. Jamás he podido comprender el significado de este sueño horrible, pero a pesar de que me preocupaba porque se ha repetido varias veces, no le había dado más importancia que a cualquier pesadilla. Tú… Vacila unos instantes antes de preguntar: ¿No serás sonámbula?
sábado, 5 de mayo de 2012
SERIEDAD
Estudio en un colegio privado de élite y por eso tengo que llevar uniforme. Me preparan para dirigir una empresa, un país… Algo. Para dirigir.
Las cosas que hay bonitas a mi alrededor hacen juego con el color de mi uniforme. Todo en mi mundo es así de semejante a sí mismo y mientras, lo de fuera se seca. Se me hace tarde para probar la fruta fresca entre disciplina y deberes. Un mundo serio el mío, el de tan sólo una niña. Por eso lo que es libre todavía sabe que no puede camuflarse en la flor que adorna mi pelo.
sábado, 28 de abril de 2012
ESPERANZA
El tiempo es efímero, la voz de la palabra es devastadora, en el inconsciente del verbo la imagen extática se hace eterna.
Qué triste es soñar con mariposas que trenzan tu pelo mientras tu mirada vacía no te encuentra en el espejo.
Nombrar es morir; nombrar es... ¡no!
Soy joven todavía pero mis labios son viejos porque cuando quise decir no supe acercarme a ti o por la identidad misma de las palabras, que no consiguen dotar de sentido.
Por tanto, nombrar puede matar y nombrar puede morir: una muerte menos lenta e imprecisa que unos labios sellados frente a mi.
Esta mañana descubrí que en el espejo se habían multiplicado los reflejos, como clones que no alcanzaba a contar pues se perdían hasta el infinito. De puro horror grité sus nombres que el mismo que el mío.
Quizás empiece a recordar. Se nombrar primero el jardín, luego el camino de piedras y los árboles que crecen a ambos lados, el color verde de sus hojas; alguien me saluda. Le reconozco mientras un pinchazo acude a mi sien pero, a pesar del dolor, mis labios se abren y articulan los sonidos que confluyen en un "holaquétal".
Después siento que algo se rompe y siento que la luz me hace daño, una clara sensación de melancolía asciende hasta mis ojos enturbiando las imágenes que percibo, pero todavía no vuelvo a casa: salgo corriendo y tropiezo y me caigo. Estoy tan cansada que no me levanto enseguida (he de volver, de llegar a la hora de comer).
Tengo miedo, lo he visto en el teléfono movil que sonaba en el fondo de mi bolso.
Ahora estoy otra vez frente al espejo: me asombro al ver que mis labios ya no están tan arrugados ni secos y sonrío aún con cierta tristeza, y verme sonreir me anima y vuelvo a sonreir. La alegría me hace cosquillas en la tripa hasta que empiezo a reir. Me estoy sintiendo más viva cuando otra persona aparece a mi lado dentro del marco del espejo. No sé si sucede de verdad o si es sólo un sueño pero mis ojos miran hacia él, en una dirección concreta, y cuando la persona se da la vuelta desapareciendo sus espalda por la puerta, la palabra dirección cobra sentido y pienso: puede que esté en el camino.





