sábado, 12 de julio de 2014
EN LA ANTIGÜEDAD DEL CRISTAL DORMIDO
En la antigüedad del cristal dormido busco mis manos
como el director de orquesta busca su batuta
como los muertos buscan sus ojos reflejados
el cristal miente en su transparencia de verano
por eso hoy vacío mis venas
en el corazón estéril del esparto
como una niña perdida
esparzo plumas de aves
en mapas que no están trazados
donde me encuentro con el cactus y el lagarto
después de la siguiente duna
tuerza a la derecha
el oasis, tuerza después de esa duna
y mi amor es idéntico a sí mismo
en ti, en la noche estrellada
en el agua verde y clara,
en el sol, en ti
adonde no me hace falta volver
en mi amor permanezco
callada o suicida
sin cristal ni ventana.
martes, 8 de julio de 2014
NOCTURNO
Las musas te visitan a deshora
te pillan metido en la cama con el pijama
deambulan por tu habitación escondidas bajo sábanas
esos fantasmas en los que no las reconoces
aullenta a esos fantasmas
nunca supieron coserte su mismo traje
blanca pálida luna
solitaria musa ausente
extraña en tu ser
loca en tu existir
permanente
sales del cuarto como sonámbulo
a ciegas caminas por los ríos que toca
a ciegas caminas por los ríos que toca
el verdor recorriéndote los pasos
besas tumbas sagradas
el ruiseñor canta a la mañana
ella ha dicho:
arder en su ardor
ser una con el sol
golondrina allí donde
ellas anidan
no tu musa, no.
LA SED
El agua duerme
no se pueden descender cataratas
el agua duerme como un bendito
no se pueden soltar amarras
el agua duerme
sueña con corchos que flotan
el agua duerme…
¡que vuelva la sed!
ANIMAL DORMIDO
Animal dormido, repara la distancia de los signos
con tu pluma de coral
pájaro dormido, escribe versos de espuma
tú que no habitas el mar sabes
los peces no se reconocen
lo deambulan, los peces
no tienen memoria que olvidar
el cálido sol de los dormidos arde
las pestañas de las muñecas rusas se queman
como si por querer hubieran visto
mi sombra desaparecer.
como si por querer hubieran visto
mi sombra desaparecer.
sábado, 21 de junio de 2014
MIRAR EL CIELO
Hoy me angustia mirar el cielo
con su corazón de pájaro
parece que me fuera a caer.
Hoy prefiero mirar las montañas onduladas
para aferrarme más a esta tierra.
El día está encendiéndose
con sus engranajes de metrópoli
pequeñas hormigas recorriendo túneles
antes de salir a la superficie
volverán ya tarde a casa.
Hoy no puedo mirar el cielo
con su leve corazón de pájaro volado.
domingo, 8 de junio de 2014
viernes, 30 de mayo de 2014
LOBO ENMASCARADO
A A. Pizarnik
Con tus flores muertas, decapitadas
como pétalos fragantes de la palabra perdida
me hice una diadema de mediodía
en la plena oscuridad de la noche infinita
enroscado mediodía
en plena hora incandescente
me hice un traje tan liviano con tus palabras como flores
caminé ciertamente sonámbula
embrujo solar
pasos iluminados sin estela
como si todo fuera sueño
excepto esa noche colgada de mi pelo
mientras camino un haz de luz
¿y cómo es que no he nombrado el silencio de tu voz?
¿y cómo hemos llegado hasta las alturas nubes oscilando como espuma de mar?
Tú no, tú dices: “Hay cólera en el destino porque se acerca, entre las arenas y las piedras, el lobo gris.”
caminé ciertamente sonámbula
embrujo solar
pasos iluminados sin estela
como si todo fuera sueño
excepto esa noche colgada de mi pelo
mientras camino un haz de luz
¿y cómo es que no he nombrado el silencio de tu voz?
¿y cómo hemos llegado hasta las alturas nubes oscilando como espuma de mar?
Tú no, tú dices: “Hay cólera en el destino porque se acerca, entre las arenas y las piedras, el lobo gris.”
jueves, 22 de mayo de 2014
DOCE TULIPANES AMARILLOS
Qué romántico es coger flores silvestres. Pero más lo es bajarse del coche para coger tulipanes amarillos de la rotonda y dárselos a mi holandesa. Me da tiempo, acabamos de parar frente al semáforo. Verde. Ya vuelvo. Mi holandesa me mira desdeñosa, parece que no le gustan mis tulipanes. Se enfada. “¿Por qué has hecho eso?” Me recrimina. “Por ti”, la respondo. “Porque te quiero”. Cruza los brazos enérgicamente y gira la cabeza hacia la ventanilla. “Oye, ¿qué te pasa? ¿No te gustan? Cogeré otros: rosas, verdes, azules… ¡Los que tú quieras! Aunque yo sigo prefiriendo para ti los amarillos”. “Apártalos de mi vista”. Arranco un pétalo y lo mastico –no sabe mal-. Arranco el segundo y sigo masticando. “Ummm, qué ricos… ¿quieres probarlos?” Pero mi holandesa ya no está y mi coche es el único que está parado en plena carretera. Los demás pasan de largo esquivándome a la vez que lanzan pitidos. “¡Quítate de en medio, empanao’!” Pero no pienso moverme hasta que me los coma todos. Ya no me deleito, mastico de golpe muchos pétalos y me trago las flores enteras hasta que sólo quedan agarrados a mis manos los gruesos tallos.
lunes, 12 de mayo de 2014
LAS AMAPOLAS SON ROJAS
Una amapola ha enraizado en mis manos, en mi cuerpo
su rubor recorre mi piel como un presagio.
El otro día, desde el tren, vi un campo de amapolas
todas pintadas de carmín
como bocas regalando besos
como bocas abiertas interrogando
ese círculo negro en su centro, como un botón.
Planta una semilla azul en mis huesos, amor
porque todas las amapolas son rojas y silvestres.
NOMBRES
Hoy no sabes cómo llamarme, espejo oscuro
tu reflejo huye hacia dentro de tus entrañas
como un animalito moribundo
la luz se ha apagado en tu orilla.
Hoy no sé dónde situar tu mirada antigua
ese lugar incierto y preciso sin coordenadas
donde me olvido algunos sueños, ciertas pesadillas
dijiste: m, a, i, r, i, m… Y escuché durante un rato el eco
sábado, 26 de abril de 2014
ESCAMAS
A pesar de que es verano, su tez sigue siendo pálida. Llama la atención verle tumbado en la toalla, bajo la sombrilla, totalmente vestido. Nunca le gustó la playa. Y menos bañarse en el mar. Las piscinas tampoco son de su agrado. Siempre lo ha dicho: “el agua, mejor envasada”. La primera vez que escuché aquella frase, me hizo gracia. “Mejor no preguntar “, pensé,” no vaya a ser que se rompa algún dique”. Él asegura que sabe nadar perfectamente, pero después de siete años, empiezo a tener serias dudas. Me he apostado con él un viaje a Pekín: el primero que vea esta noche una estrella fugaz pedirá un deseo al otro. Hoy es doce de agosto, hay lluvia de estrellas. Tenemos una vista privilegiada desde el porche de la casa, lejos del pueblo; bastará con apagar todas las luces.
Son las ocho de la tarde. La puesta de sol es espléndida, por algo le llaman a este lugar la Costa de la Luz. Recogemos los bártulos y subimos por la duna. Ya en la calzada miro hacia atrás para despedirme del faro hasta mañana. Hoy prefiere conducir Jorge de vuelta. Miro el paisaje a través de la ventanilla, es amarillo, seco. Sólo el pinar verdea a lo lejos. Torcemos en la primera curva a la izquierda y escucho el ladrido de Mora que nos espera tras la verja. La saco a dar un paseo mientras él se da una ducha. Mora lo olfatea todo con impaciencia y, de vez en cuando, me mira con sus ojos húmedos de perro. Está contenta. Mañana la llevaremos con nosotros a la playa. Cuando volvemos, la mesa está puesta.” Hoy cenaremos afuera”, anuncia Jorge con tono triunfal desde la ventana de la cocina. Huele de maravilla. Está cocinando un pollo al curry con arroz. Si puede, evita comer pescado. Es una aprensión que le viene de niño. A su padre le gustaba ir de pesca todos los veranos e insistía en que su único hijo le acompañara. Él rezaba para que los peces no picaran. Odiaba verlos ensartados en el anzuelo, boqueando luego en la cesta. “Y al volver a casa mi madre los asaba y nos los comíamos”, me había contado Jorge horrorizado. Todo lo que sé de su familia ha sido a través de él. Sus padres fallecieron antes de que nos conociéramos. Tampoco he visto fotografías suyas. Las rompió todas después del accidente -se culpaba a sí mismo por seguir viviendo-. Apuro mi plato pensando en cómo habría sido la relación con mis suegros. Me hubiera gustado conocerles. Al salir de mis cavilaciones me doy cuenta de que Jorge me está mirando. Le sonrío. Falta poco para que se haga noche cerrada, el cielo es azul marino. “Apaga la luz”, le pido. Mora se arrebulla a nuestros pies. Casi puedo oír nuestra respiración. Siento mi cuerpo, la energía acumulada durante el día de playa y el sosiego que llega. El aire roza la piel quemada. Los últimos resquicios de luz solar han desaparecido y la vista se ha acostumbrado a la oscuridad. Vamos hasta el jardín para evitar cualquier obstáculo sobre nuestras cabezas. Hemos dejado las sillas donde estaban. Nos tumbamos en el césped.
No se pueden contar, nunca me ha gustado enumerarlas. Son tantas, tan lejanas y brillantes… Forman una bóveda universal. “Soy un puntito en el universo”, declara Jorge. Mucho más arriba, otro puntito más blanco se precipita dejando atrás su estela. “¡Acabo de ver una!”, anuncio contenta. A esta le sigue otra y luego otra más; una tercera. Permanecemos mirando el espectáculo un buen rato. “Creo que te debo un deseo”, me dice Jorge cariñosamente. “Volvamos a la playa”, le contesto. “Mi deseo está escondido bajo el agua”. Nos besamos. Es un beso escurridizo el suyo. Veo la silueta negra de su cara y sus ojos redondos que me observan con asombro. “Sé que no te gusta, pero no es para tanto”, intento convencerle.
Caminamos en silencio durante media hora. Veo el faro por segunda vez el mismo día. El haz de luz cruza sobre nosotros y nos deslumbra. Ahora habitamos un espacio de luz intermitente. “No pienso meterme en el agua”, dice Jorge. “Sólo acércate a la orilla. He traído la cámara. Una fotografía y nos vamos. Quiero ver el mar bañando tus pies. Vamos, es sólo agua.” Parece que va a acceder. Se dirige hacia las olas. Pulso el botón de encendido. Su expresión se ha relajado, aunque quizás demasiado: es un poco anodina. Su mirada no transmite nada. Su piel también es distinta: parece más brillante. “¿Estará sudando?” Me pregunto. Separa los labios. Los vuelve a cerrar. “Ahí está bien, no te muevas. Pareces un pez fuera del agua”, bromeo. “Es lo que soy”, corrobora, “tú lo has dicho: un pez fuera del agua.” Disparo. “¡Misión cumplida! Te debo un viaje”, anuncio. Me acerco hasta él. “Venga, ya puedes alejarte del agua”, le animo. Se ha quedado inmóvil. Una lágrima corre por su mejilla. “Estás llorando.” No me responde. “Venga, lo siento. Vámonos. No volveré a pedirte nada parecido. Lo prometo. Romperé la foto.” Mientras nos alejamos del mar, seco su llanto con mis manos y noto algo quebradizo en su cara, como si sus lágrimas hubiesen cristalizado. Las retiro extrañada e intento mirarlas. Algo se me ha quedado adherido. Un coche pasa de largo por la carretera. Entonces puedo verlo: son escamas.
Son las ocho de la tarde. La puesta de sol es espléndida, por algo le llaman a este lugar la Costa de la Luz. Recogemos los bártulos y subimos por la duna. Ya en la calzada miro hacia atrás para despedirme del faro hasta mañana. Hoy prefiere conducir Jorge de vuelta. Miro el paisaje a través de la ventanilla, es amarillo, seco. Sólo el pinar verdea a lo lejos. Torcemos en la primera curva a la izquierda y escucho el ladrido de Mora que nos espera tras la verja. La saco a dar un paseo mientras él se da una ducha. Mora lo olfatea todo con impaciencia y, de vez en cuando, me mira con sus ojos húmedos de perro. Está contenta. Mañana la llevaremos con nosotros a la playa. Cuando volvemos, la mesa está puesta.” Hoy cenaremos afuera”, anuncia Jorge con tono triunfal desde la ventana de la cocina. Huele de maravilla. Está cocinando un pollo al curry con arroz. Si puede, evita comer pescado. Es una aprensión que le viene de niño. A su padre le gustaba ir de pesca todos los veranos e insistía en que su único hijo le acompañara. Él rezaba para que los peces no picaran. Odiaba verlos ensartados en el anzuelo, boqueando luego en la cesta. “Y al volver a casa mi madre los asaba y nos los comíamos”, me había contado Jorge horrorizado. Todo lo que sé de su familia ha sido a través de él. Sus padres fallecieron antes de que nos conociéramos. Tampoco he visto fotografías suyas. Las rompió todas después del accidente -se culpaba a sí mismo por seguir viviendo-. Apuro mi plato pensando en cómo habría sido la relación con mis suegros. Me hubiera gustado conocerles. Al salir de mis cavilaciones me doy cuenta de que Jorge me está mirando. Le sonrío. Falta poco para que se haga noche cerrada, el cielo es azul marino. “Apaga la luz”, le pido. Mora se arrebulla a nuestros pies. Casi puedo oír nuestra respiración. Siento mi cuerpo, la energía acumulada durante el día de playa y el sosiego que llega. El aire roza la piel quemada. Los últimos resquicios de luz solar han desaparecido y la vista se ha acostumbrado a la oscuridad. Vamos hasta el jardín para evitar cualquier obstáculo sobre nuestras cabezas. Hemos dejado las sillas donde estaban. Nos tumbamos en el césped.
No se pueden contar, nunca me ha gustado enumerarlas. Son tantas, tan lejanas y brillantes… Forman una bóveda universal. “Soy un puntito en el universo”, declara Jorge. Mucho más arriba, otro puntito más blanco se precipita dejando atrás su estela. “¡Acabo de ver una!”, anuncio contenta. A esta le sigue otra y luego otra más; una tercera. Permanecemos mirando el espectáculo un buen rato. “Creo que te debo un deseo”, me dice Jorge cariñosamente. “Volvamos a la playa”, le contesto. “Mi deseo está escondido bajo el agua”. Nos besamos. Es un beso escurridizo el suyo. Veo la silueta negra de su cara y sus ojos redondos que me observan con asombro. “Sé que no te gusta, pero no es para tanto”, intento convencerle.
Caminamos en silencio durante media hora. Veo el faro por segunda vez el mismo día. El haz de luz cruza sobre nosotros y nos deslumbra. Ahora habitamos un espacio de luz intermitente. “No pienso meterme en el agua”, dice Jorge. “Sólo acércate a la orilla. He traído la cámara. Una fotografía y nos vamos. Quiero ver el mar bañando tus pies. Vamos, es sólo agua.” Parece que va a acceder. Se dirige hacia las olas. Pulso el botón de encendido. Su expresión se ha relajado, aunque quizás demasiado: es un poco anodina. Su mirada no transmite nada. Su piel también es distinta: parece más brillante. “¿Estará sudando?” Me pregunto. Separa los labios. Los vuelve a cerrar. “Ahí está bien, no te muevas. Pareces un pez fuera del agua”, bromeo. “Es lo que soy”, corrobora, “tú lo has dicho: un pez fuera del agua.” Disparo. “¡Misión cumplida! Te debo un viaje”, anuncio. Me acerco hasta él. “Venga, ya puedes alejarte del agua”, le animo. Se ha quedado inmóvil. Una lágrima corre por su mejilla. “Estás llorando.” No me responde. “Venga, lo siento. Vámonos. No volveré a pedirte nada parecido. Lo prometo. Romperé la foto.” Mientras nos alejamos del mar, seco su llanto con mis manos y noto algo quebradizo en su cara, como si sus lágrimas hubiesen cristalizado. Las retiro extrañada e intento mirarlas. Algo se me ha quedado adherido. Un coche pasa de largo por la carretera. Entonces puedo verlo: son escamas.
miércoles, 16 de abril de 2014
lunes, 17 de marzo de 2014
TRANSPARENTE
hueco por el que se ausenta
presenten mis distracciones al director
que vivo en rama de árbol
tengo ojo de hoja ojal
¿pueden ver acaso lo que me atraviesa?
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