miércoles, 28 de marzo de 2012
domingo, 25 de marzo de 2012
UN PUNTITO ES ALGO MINÚSCULO

Un puntito es algo minúsculo
no una habitación situada en un número determinado del piso
un puntito es el límite mínimo de la extensión
quizás una pequeña rendija, hendidura por la que fugarse de la realidad
bisagra ingrávida que abre el paso
a mundos imaginados con playas verdes y montañas arbóreas que suenan
músicas ancestrales
se detiene el paso de los soldados
se quedan en medio parados los peatones
mientras enviste el león dorado
con sus rugidos de corazón salado
brújulas imantadas que no encuentran latitud
para este punto, puntito que es algo minúsculo
partícula cuántica que no soñó el gato de Schrodinger
cuando estaba todavía vivo y aún muerto
siempre punto de partida
nunca punto y final (piensa el gato en su caja misteriosa)
o a lo mejor… Puntos suspensivos.
También en: Tranquillitas
lunes, 19 de marzo de 2012
DULZURA

Foxgirl (Chica-zorro) Andrea Innocent. 2006
Un lobo llamó a mi puerta y me susurró que traía un regalo para mí. ¿Por qué habría de querer algo de mí un lobo?
Caballitos de mar, caballitos que flotan en mi memoria como las hojas caídas de los árboles en otoño, pero todavía no sé por qué.
Aquí dentro hace frío pero si salgo a la calle ¿qué será de mis caballitos de mar? Por lo demás aquí todo es dulzura, descanso mis brazos como las patitas delanteras de los conejos.
¿Por qué yo también tengo rasgos de animal como el lobo que llamó a mi puerta y como los caballitos de mar?
Un lobo llamó a mi puerta y me susurró que traía un regalo para mí. ¿Por qué habría de querer algo de mí un lobo?
Caballitos de mar, caballitos que flotan en mi memoria como las hojas caídas de los árboles en otoño, pero todavía no sé por qué.
Aquí dentro hace frío pero si salgo a la calle ¿qué será de mis caballitos de mar? Por lo demás aquí todo es dulzura, descanso mis brazos como las patitas delanteras de los conejos.
¿Por qué yo también tengo rasgos de animal como el lobo que llamó a mi puerta y como los caballitos de mar?
miércoles, 14 de marzo de 2012
CAMINOS
Enigma soy apenas
M. Benedetti
Desde mi ventana ví
Un transeúnte que llamó mi atención
No se bien por qué si o por qué no
Desde mi ventana ví
Pasar coches mujeres y niños albañiles bicicletas ancianos
No se bien si sí o si no
Bajé las escaleras y había
Telarañas dibujitos que hacía la madera puertas cerradas voces de vecinos una aspiradora funcionando
No se bien cómo ni cuando
A la calle salí
Con cierta ansiedad caminé por el barrio
Pero erré el rumbo y aparecí en el extrarradio
Pensé que todo, como yo, se habría perdido
Mi ventana las escaleras las calles de mi barrio sus aceras
Concretaron el eco de mis pisadas
Descubriéndome colores que nunca había imaginado en mis propias huellas.
lunes, 5 de marzo de 2012
UNA PIEDRA UNA CANICA UNA HOJA SECA

http://javiermilla.blogspot.com/2009/12/intriga-dibujando.html
Algo debe haber en mi
que de ti huye
como sortean los pájaros
los barrotes de la jaula
¡Mariposas fueran!
Sé que la pena duele
sé que las noches
se alumbran solas
con su luna encandilada
¡Yerre su camino
en la noche clara!
Quítame esta certeza
mas no quieras enjaular mis dudas
Quítame esta coraza
mas no me prefieras desnuda
Quítame en fin lo que quieras
pero deja algo a cambio
una piedra una canica una hoja seca.
miércoles, 22 de febrero de 2012
MEDIODÍA

La ventana (H.Matisse)
Ha venido el sol a mi ventana saludándome el día niño
los colores toman de su luz la claridad
acaricia la tela verde del sillón
se refleja en el cristal de los cuadros
se cuela entre las rendijas del radiador
deslumbra la mirada en la madera rojiza del suelo.
Las paredes murmuran algo exterior
la puerta de la calle quiere abrirse
dejar entrar
dejar salir
los vasos reposan su brillo vidrio
los geranios quieren brotar su flor
las máquinas descansan su botón de encendido en off
Charlot y su amada no caminan todavía hacia el astro mayor.
miércoles, 15 de febrero de 2012
LA CITA
Una chica con un abrigo azul marino entra en el vagón y se pega a la barra a la que voy agarrada. Después de varios intentos fallidos por separar mi mano de su cuerpo que va acercándose cada vez más a la barra frontalmente hasta que casi toca con su cara mi mano, decido soltarme y agarrarme a la barra que está situada en medio, frente a la puerta de entrada. Hace mucho calor en el vagón de metro porque vamos como sardinas en lata. El espacio vital queda reducido a nuestras ropas. Frente al anonimato surge la paradójica sensación de naturalidad y espontaneidad de los gestos, las miradas gachas, los lectores con sus libros. Pero yo estoy un poco asustada por esta cercanía y en un momento en el que me arrimo hacia un lado un hombre moreno de mediana edad se me pone en frente, a muy poca distancia, y me mira fijamente agarrándose a la barra que tengo al lado, después vuelve a la lectura de un libro enorme que imagino debe de tratar sobre ingeniería. Es una mirada dominante y yo me digo que puede que esté protegida de lo demás con “semejante machote” tapándome prácticamente del resto. A la vez, me ha parecido un poco humillante pero parece ser el precio que he de pagar por la fragilidad que creo aparentar. Me recordó a la sensación invasiva que me producía un antiguo amante que tuve, él también era dominante.
Seguimos el trayecto y mucha gente se baja en una estación céntrica. Yo tengo que continuar mi camino hacia el sur, pasar el extrarradio y salir de la ciudad. En un primer momento, pienso que viajar hacia el sur me parece más natural (entendiendo por natural a lo que nos hemos acostumbrado en la infancia y adolescencia cuando volvemos a casa) que hacerlo en sentido inverso. Los vagones empiezan a irse desalojando más y más y parece que se respira un aire más fresco. Dejo escapar unos cuantos suspiros porque me estoy relajando, pero todavía no me he atrevido a sacar el libro que pensaba leer. Voy demasiado concentrada en el lugar de la cita, no se si habrá entrevista o no, aunque se supone que habría de ser así pues el centro que gestiona la oferta de empleo debería hacerte una entrevista. Pero quizás me estoy adelantando a los acontecimientos. Por el momento, la incertidumbre me marea, me tensa los nervios. No se con lo que me voy a encontrar.
Por fin llego a mi destino y me bajo del vagón para sentarme, antes de salir, en uno de los asientos metálicos para hacerme un cigarro. Un chavalín me pide tabaco. Lleva unas pintas un poco andrajosas, pero no es de extrañar por su edad. Lo que si me extraña es que me pida tabaco allí dentro (¿se piensa fumar el cigarro o es que simplemente aprovecha la ocasión?). De cualquier forma, es menor de edad seguro, pero si no le doy yo el tabaco ya se encargará él de conseguirlo del mismo o de otro modo. Este argumento no me exime moralmente, pero es lo que pienso y como además no estoy para dar consejos dado mi stress, le doy lo que me pide y punto; ahí termina el encuentro.
Fuera hay una plaza de toros y delante hay una plazoleta alargada con bancos donde distinto tipo de gente toma el sol que lo baña todo con su luz. El ánimo se calienta con estos rayos de sol y continúo, después de preguntar a un par de ancianos si saben dónde está el parque de las estatuas, hacia el lugar de la cita. La señora me ha contestado que debe de ser aquel, señalando hacia la derecha, porque está lleno de estatuas. Pues sí, es aquel y hay un grupo de chavales tocando la guitarra y cantando con pinta de pandilleros hiphoperos. Los dejo atrás y cruzo la verja metálica que valla el parque de las estatuas. A penas me he dado cuenta de que voy hablando por el móvil desde hace un rato porque estoy concentrada en acertar la geografía dentro del paisaje urbano, pero me tranquiliza. Veo la cruz verde de una farmacia y se lo digo a mi interlocutor (es la segunda vez que recorro este camino aunque no de la misma manera y reconozco la farmacia). Así que casi he llegado, el sitio debe estar al doblar la siguiente esquina donde hay un bar de mala muerte. Tuerzo y salgo a la calle peatonal donde estaba el lugar de la cita pero en vez de eso me encuentro con la pared de ladrillo rojo de un edificio de, por lo menos, nueve plantas. Las cuento, no, son diez. No está, le digo (todavía no he colgado el teléfono). ¿Cómo que no está? ¿Seguro que estás en el sitio correcto? Echo un vistazo a mi alrededor y todo sigue igual que el día anterior exceptuando que todavía no es de noche y que el sitio al que iba ha desaparecido. Ese barrio es un lío de calles, seguro que te has confundido. Mira bien en la esquina de enfrente del edificio del bar. ¿Estás segura de que estás en el mismo sitio que estuvimos ayer? Francamente, estoy segura. Le contesto. Aquí sigue todo igual, excepto el sitio, que ya no está. Voy a colgar para comprobar que estoy en la misma calle que tengo apuntada. Ahora te vuelvo a llamar.
Abro el cuaderno y busco la nota. Al encontrar la calle y su número escrito con mi propia letra, me asusto. No parece mi letra. Empiezo a sentir un hormigueo por los pies que va poco a poco ascendiendo hasta la cabeza. Me sujeto en la pared y entonces, no se cómo ni por qué, se abre una puerta y antes de que pueda darme cuenta estoy atrapada en un recibidor de paredes blancas, frente a la ventanilla de la recepcionista que en estos momentos no está. Me doy cuenta de que es el sitio donde tenía la cita, lo reconozco porque ya estuve el día anterior. Oigo unos pasos que vienen desde el pasillo y poco después aparece la recepcionista, vestida con ropa informal y con una coleta hecha en el pelo. Se dirige hacia mi y me sonríe. Tenías una entrevista con Daniel, pregunta afirmando. Puedes pasar ya, te está esperando. Su despacho está al fondo del pasillo a la derecha. Lo sé, le contesto. Ya estuve ayer, lo que pasa es que no estaba usted, había otra recepcionista. En ese caso, ya sabe donde está. De acuerdo. Respondo con rapidez. Camino hacia el pasillo.
lunes, 30 de enero de 2012
LOS ACANTILADOS
III. Libertad
Los acantilados, cuántas veces han estado allí quietos, cuántas veces los he recordado y añorado. Las olas rompiendo contra la pared abrupta y en lo alto, el cementerio. Quisiera volver cuanto antes, pero por ahora no puedo: he de seguir recordándolos como fueron en aquel tiempo, retratados en el pincel del abuelo. Todas las noches los visito en secreto antes de dormir. Son mi peculiar Padre Nuestro. María descansa a mi lado. Hace rato que se ha dormido y no quiero despertarla cogiéndole la mano. Pero como si presintiera algo, abre los ojos y me mira, creo que puede imaginar lo que estoy pensando. Le doy la mano, paseamos juntos aquel paisaje y me duermo abrazado a ella. Me queda un largo camino. Quiero volver solo por mis propios pasos ahora que María ha descubierto mi secreto.
Cuánto ha cambiado todo, no las sepulturas. Algunas sí. Me siento en una y hablo en voz alta con Alonso. Abuelo -le digo-, sigue existiendo la misma luz, las mismas rocas, el mismo mar abierto hasta el horizonte que se aleja. Abuelo, descansa en paz, en tu tierra, de la que ahora eres pasto -como suele decirse-. ¿Sabrás encontrar mi nuevo hogar? ¿Vendrás a visitar a la familia? A partir de ahora le libero de mis pensamientos como a las gaviotas que vuelan libres en el cielo gris sobre mis hombros.
Cuando vuelve a ser de día no recuerdo dónde estoy ni cómo he llegado y entonces creo reconocer, como si estuviera desaprendiendo, que creí que venía a buscar algo y en realidad he vuelto a encontrarme conmigo mismo. Nada del paisaje nos pertenece, ni siquiera esta tierra que nos acuna, arrulla y nos mece el viento como al centeno. Podría cerrar los ojos y todo volvería a ser negro, como mientras duermo. Pero algo permanece intacto por un instante. Quizás sean las nubes, compañeras inseparables por su ser efímero, que las hace inhabitables, o las mareas, imposibles de seguir en su fluir eterno e incansable.
Los acantilados, cuántas veces han estado allí quietos, cuántas veces los he recordado y añorado. Las olas rompiendo contra la pared abrupta y en lo alto, el cementerio. Quisiera volver cuanto antes, pero por ahora no puedo: he de seguir recordándolos como fueron en aquel tiempo, retratados en el pincel del abuelo. Todas las noches los visito en secreto antes de dormir. Son mi peculiar Padre Nuestro. María descansa a mi lado. Hace rato que se ha dormido y no quiero despertarla cogiéndole la mano. Pero como si presintiera algo, abre los ojos y me mira, creo que puede imaginar lo que estoy pensando. Le doy la mano, paseamos juntos aquel paisaje y me duermo abrazado a ella. Me queda un largo camino. Quiero volver solo por mis propios pasos ahora que María ha descubierto mi secreto.
Cuánto ha cambiado todo, no las sepulturas. Algunas sí. Me siento en una y hablo en voz alta con Alonso. Abuelo -le digo-, sigue existiendo la misma luz, las mismas rocas, el mismo mar abierto hasta el horizonte que se aleja. Abuelo, descansa en paz, en tu tierra, de la que ahora eres pasto -como suele decirse-. ¿Sabrás encontrar mi nuevo hogar? ¿Vendrás a visitar a la familia? A partir de ahora le libero de mis pensamientos como a las gaviotas que vuelan libres en el cielo gris sobre mis hombros.
Cuando vuelve a ser de día no recuerdo dónde estoy ni cómo he llegado y entonces creo reconocer, como si estuviera desaprendiendo, que creí que venía a buscar algo y en realidad he vuelto a encontrarme conmigo mismo. Nada del paisaje nos pertenece, ni siquiera esta tierra que nos acuna, arrulla y nos mece el viento como al centeno. Podría cerrar los ojos y todo volvería a ser negro, como mientras duermo. Pero algo permanece intacto por un instante. Quizás sean las nubes, compañeras inseparables por su ser efímero, que las hace inhabitables, o las mareas, imposibles de seguir en su fluir eterno e incansable.
lunes, 23 de enero de 2012
SIN ANESTESIA
Yo quiero vivir sin anestesia es lo mismo que decir
quiero darme cuenta
del dolor de la pena de la alegría de la felicidad
quiero encender la linterna y destapar los agujeros llenos de cemento
penetrar y descubrir lo que hay a través o más hacia el centro
descender los peldaños y llegar hasta ese espacio recóndito de mi mente corazón
donde caminaré por subterraneos, quizás grises quizás pintándolos con color
levantarme de mi butaca, abrir las cortinas del decorado
subir las persianas de ciudades escondidas tras las ventanas ya encendidas
Sentiré entonces como cruje el silencio en la punta de mis dedos
y un soplo de viento avivará el fuego de la memoria
con la luna colgando del cielo sempiterna
Quiero atraverme a pisar la arena seca del desierto
y la hierba tibia de los prados
tomar las riendas (si es que hay riendas)
y montar a lomos de un caballo alado
ver los corales del Mar Rojo
sin ser buzo, aunque no pueda mirarlos
¿cuál es la utopia? Me preguntaré entonces ¿esta
o aquella otra a la que sacan lustre los limpiabotas del mundo-mercado?
Si la libertad existe es en última instacia esto:
poder elegir también lo que no es cierto
moneda de cambio la imaginación,
soñar despierto y dormir bien por las noches
poder no tener ni idea de lo que está pasando
pero pasar con ello a lomos de un gigante medio tuerto
La contradicción engendrará nuevas estrellas
que brotarán como ojos abiertos
en el cielo inmenso y vastísimo del universo, en cada átomo
Si todo esto no sirviera de nada ¿para qué?
Finalidad hundida en los pliegues de mis manos
porque si no escribo no vivo
porque si no uno no sabe lo que tiene dentro
aunque eso suponga desvariar a veces
nuevas estrellas están brotando como ojos abiertos
como mirada que se encuentra con otras miradas
como palabras que se ingieren, palabras también habladas.
quiero darme cuenta
del dolor de la pena de la alegría de la felicidad
quiero encender la linterna y destapar los agujeros llenos de cemento
penetrar y descubrir lo que hay a través o más hacia el centro
descender los peldaños y llegar hasta ese espacio recóndito de mi mente corazón
donde caminaré por subterraneos, quizás grises quizás pintándolos con color
levantarme de mi butaca, abrir las cortinas del decorado
subir las persianas de ciudades escondidas tras las ventanas ya encendidas
Sentiré entonces como cruje el silencio en la punta de mis dedos
y un soplo de viento avivará el fuego de la memoria
con la luna colgando del cielo sempiterna
Quiero atraverme a pisar la arena seca del desierto
y la hierba tibia de los prados
tomar las riendas (si es que hay riendas)
y montar a lomos de un caballo alado
ver los corales del Mar Rojo
sin ser buzo, aunque no pueda mirarlos
¿cuál es la utopia? Me preguntaré entonces ¿esta
o aquella otra a la que sacan lustre los limpiabotas del mundo-mercado?
Si la libertad existe es en última instacia esto:
poder elegir también lo que no es cierto
moneda de cambio la imaginación,
soñar despierto y dormir bien por las noches
poder no tener ni idea de lo que está pasando
pero pasar con ello a lomos de un gigante medio tuerto
La contradicción engendrará nuevas estrellas
que brotarán como ojos abiertos
en el cielo inmenso y vastísimo del universo, en cada átomo
Si todo esto no sirviera de nada ¿para qué?
Finalidad hundida en los pliegues de mis manos
porque si no escribo no vivo
porque si no uno no sabe lo que tiene dentro
aunque eso suponga desvariar a veces
nuevas estrellas están brotando como ojos abiertos
como mirada que se encuentra con otras miradas
como palabras que se ingieren, palabras también habladas.
miércoles, 18 de enero de 2012
EMILIA

Avanzaba por una amplia avenida. Los coches pasaban a toda velocidad y ella, como queriendo espantarlos, se los imaginaba como pequeños escarabajos porque no le daban miedo los insectos. Cuando era pequeña solía jugar con ellos, también desenterraba lombrices del barro con un palo en los días de lluvia y en primavera solía recolectar todo tipo de bichos alados como hormigas voladoras, mariposas y también escarabajos voladores; después de ponerlos en tierra firme y hacer con ellos una especie de pelotón, le gustaba ver como todos salían disparados volando en distintas direcciones. Diferente era cuando se trataba de los bichos bola, cuando se acercaba con los dedos para cogerlos, se encerraban en su propio ovillo y entonces, los lanzaba como una canica, con cuidado de no darles ni demasiado fuerte ni demasiado despacio, por una de las pendientes del descampado y los despedía diciéndoles ¡adiós! con la mano mientras rodaban cuesta bajo. Pero, ¿por qué prefería Emilia pensar en escarabajos en lugar de en lo que eran, simples coches? Existen dos alternativas, la primera es que los coches la aburran o hastíen y por eso prefiera pensar en algo que le gusta, y la segunda es más un miedo que otra cosa. Bien, la primera no plantea ningún problema: creemos que es lícito que alguien prefiera divertirse imaginando cosas bonitas que aburriéndose, la segunda nos hace preguntarnos por qué.
Un día, muchos días atrás, Emilia viajaba en el asiento del copiloto cuando notó que algo se reflejaba en el espejo retrovisor. Desvió rápidamente la mirada hacia allí y vio un hada, que medía unos cinco centímetros y llevaba puesto un vestidito verde mientras bailaba en el aire como si estuviese nadando en el fondo del mar. Emilia se quedó petrificada y no supo que decir, el hada se le adelantó y le preguntó qué quería. Emilia se extrañó ante esta pregunta, pues ella no quería nada más que continuar su viaje, pero el hada insistía. Así que Emilia se vio obligada a responder. Quiero ser mayor -dijo entonces. Y al momento sus piernas no cabían en el coche, los brazos se le salían por las ventanillas y le metió un dedo en el ojo sin querer al conductor, su padre. Fue así como terminaron chocándose contra el tronco del segundo árbol con el que se cruzaron y el capó del coche empezó a soltar un humo tan negruzco que no se podía ver nada. Ambos salieron del coche ilesos, pero Emilia nunca pudo volver a montar en coche y le quedó un sentimiento de culpabilidad tan grande que cada vez que veía un coche intentaba desviar su atención hacia cualquier otra cosa. A ser posible que fuera mejor.
lunes, 16 de enero de 2012
LOS ACANTILADOS
II. Supervivencia
“¡Eduardo! No cojas las pinturas del abuelo”. Un día tuve una casa. Los soldados se llevaron al tío Nicanor y arrasaron con las pocas pertenencias que teníamos. Los cuadros del abuelo se vendían bastante bien entre los ricos antes de que estallase la guerra y el dinero que nos quedaba por entonces, lo guardábamos en una caja fuerte, detrás de los libros que papá tenía colocados en varias estanterías de su despacho.
Fue lo primero que tiraron al suelo, los libros que papá había ido atesorando durante sus años como estudiante y profesor. No tardaron en recaudar su botín, que al parecer era a lo que venían. El arresto del tío fue algo circunstancial para los guerrilleros, soldados -para mi no existía todavía diferencia entre unos y otros-. El tío bajó al sótano a por la escopeta, los vio antes que nadie por la ventana del salón. Afuera llovía. La detención del tío duró hasta que terminó la guerra. El abuelo se quedó en la misma casa, no consiguieron convencerle para que se mudara con nosotros. Papá dejó su empleo en la ciudad y cargados con algunos muebles y ropas, que subimos en la parte trasera del carro, nos encaminamos hacia un nuevo hogar.
Todo me resultaba extraño en esa época. El pueblo no podía compararse en nada con la vida urbana que habíamos llevado. Mamá cuidaba de las cosas, daba de comer a las gallinas, ordeñaba la vaca, limpiaba la pocilga y echaba de comer a los marranos. Papá siguió trabajando como maestro después del traslado. El instituto más cercano estaba en Huolai, a sesenta kilómetros del pueblo, pero papá prefirió quedarse trabajando cerca de nosotros, en la escuela.
Es extraño que siendo hijo de profesores, yo no fuera al colegio. Mamá decía que no era necesario, que en casa aprendería todo lo que hacía falta. Pero por el tono indulgente de su voz, sabía que escondía algo. La certeza llegó la misma tarde en que mi padre volvió a casa del trabajo y nos contó que los soldados habían hecho un reconocimiento en la escuela, lo que suponía que buscaban como sabuesos la pista de algún rastro. Todavía nadie estaba seguro de cuál era ese rastro, pero la preocupación se reflejaba en la cara de papá y yo comprendí que estaba en peligro. Desde que el ejército había conseguido el poder llegaban rumores de que aquellos que tenían cualquier tipo de ideología diferente y se atrevían a pensar libremente, seguían siendo castigados; en muchos casos con la muerte. El cura de nuestro pueblo estaba al tanto de todos los movimientos disidentes y, por raro que pareciera, los ayudaba en cuanto podía.
Durante los días que siguieron a la inspección todos estábamos nerviosos y esperábamos ansiosamente a que papá volviera de sus clases. Mamá discutió la posibilidad de que se ausentara unos días, pero finalmente ambos desecharon la idea porque lo único que se habría conseguido habría sido “dar de que hablar“. Todos estaban en el punto de mira y cualquiera que se desmarcase sería sospechoso y no dudarían en arrestarle.
Muchos de los profesores colaboraban con El Partido enviando informes diarios y clasificándolo todo y a todos. Hasta que por fin todo volvió a su aparente normalidad: mi padre había superado la prueba.
Fingir se había convertido en ley de supervivencia para nosotros. Desde lo ocurrido, yo también aprendí qué podía decir y qué no debía mencionar. Por eso, después del verano, mis padres decidieron que ya era lo suficientemente mayor como para ir al instituto. De momento estábamos salvados.
El abuelo siguió pintando. Nos llegaban cartas suyas asiduamente contándonos que vendía sus cuadros a los mismos de siempre y que casi todos estaban contentos con el estado de las cosas. Al tío Nicanor lo siguieron teniendo bajo control después de que saliera de la cárcel, pero un día, sin previo aviso, desapareció. Todos creyeron que había huido y fue entonces cuando el abuelo aprovechó para inventar una falsa afiliación y proteger a su hijo. Sucedió el día en que fue invitado a una convención, delante de todos los presentes afirmó que esperaba que el apátrida de su hijo hubiera sido alcanzado en su huida por una bala. Fue así como terminaron las búsquedas aunque no las intrigas, pero lo que el mundo ignoraba era que el tío permanecía escondido en la misma casa de quien había hecho pública aquella declaración, el abuelo.
Mamá les llamaba cuando podía y fue el mismo tío quien le contó la situación, ella no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas del cauce de la herida que seguía abierta.
Durante los primeros años de la posguerra yo me sentía como un puntito en el universo de los mayores, que me parecía demasiado complicado, incluso cuando colaboraba con ellos llevando recados de mamá al cura y estando siempre presente cuando se reunían en la parte de detrás de la iglesia.
“¡Eduardo! No cojas las pinturas del abuelo”. Un día tuve una casa. Los soldados se llevaron al tío Nicanor y arrasaron con las pocas pertenencias que teníamos. Los cuadros del abuelo se vendían bastante bien entre los ricos antes de que estallase la guerra y el dinero que nos quedaba por entonces, lo guardábamos en una caja fuerte, detrás de los libros que papá tenía colocados en varias estanterías de su despacho.
Fue lo primero que tiraron al suelo, los libros que papá había ido atesorando durante sus años como estudiante y profesor. No tardaron en recaudar su botín, que al parecer era a lo que venían. El arresto del tío fue algo circunstancial para los guerrilleros, soldados -para mi no existía todavía diferencia entre unos y otros-. El tío bajó al sótano a por la escopeta, los vio antes que nadie por la ventana del salón. Afuera llovía. La detención del tío duró hasta que terminó la guerra. El abuelo se quedó en la misma casa, no consiguieron convencerle para que se mudara con nosotros. Papá dejó su empleo en la ciudad y cargados con algunos muebles y ropas, que subimos en la parte trasera del carro, nos encaminamos hacia un nuevo hogar.
Todo me resultaba extraño en esa época. El pueblo no podía compararse en nada con la vida urbana que habíamos llevado. Mamá cuidaba de las cosas, daba de comer a las gallinas, ordeñaba la vaca, limpiaba la pocilga y echaba de comer a los marranos. Papá siguió trabajando como maestro después del traslado. El instituto más cercano estaba en Huolai, a sesenta kilómetros del pueblo, pero papá prefirió quedarse trabajando cerca de nosotros, en la escuela.
Es extraño que siendo hijo de profesores, yo no fuera al colegio. Mamá decía que no era necesario, que en casa aprendería todo lo que hacía falta. Pero por el tono indulgente de su voz, sabía que escondía algo. La certeza llegó la misma tarde en que mi padre volvió a casa del trabajo y nos contó que los soldados habían hecho un reconocimiento en la escuela, lo que suponía que buscaban como sabuesos la pista de algún rastro. Todavía nadie estaba seguro de cuál era ese rastro, pero la preocupación se reflejaba en la cara de papá y yo comprendí que estaba en peligro. Desde que el ejército había conseguido el poder llegaban rumores de que aquellos que tenían cualquier tipo de ideología diferente y se atrevían a pensar libremente, seguían siendo castigados; en muchos casos con la muerte. El cura de nuestro pueblo estaba al tanto de todos los movimientos disidentes y, por raro que pareciera, los ayudaba en cuanto podía.
Durante los días que siguieron a la inspección todos estábamos nerviosos y esperábamos ansiosamente a que papá volviera de sus clases. Mamá discutió la posibilidad de que se ausentara unos días, pero finalmente ambos desecharon la idea porque lo único que se habría conseguido habría sido “dar de que hablar“. Todos estaban en el punto de mira y cualquiera que se desmarcase sería sospechoso y no dudarían en arrestarle.
Muchos de los profesores colaboraban con El Partido enviando informes diarios y clasificándolo todo y a todos. Hasta que por fin todo volvió a su aparente normalidad: mi padre había superado la prueba.
Fingir se había convertido en ley de supervivencia para nosotros. Desde lo ocurrido, yo también aprendí qué podía decir y qué no debía mencionar. Por eso, después del verano, mis padres decidieron que ya era lo suficientemente mayor como para ir al instituto. De momento estábamos salvados.
El abuelo siguió pintando. Nos llegaban cartas suyas asiduamente contándonos que vendía sus cuadros a los mismos de siempre y que casi todos estaban contentos con el estado de las cosas. Al tío Nicanor lo siguieron teniendo bajo control después de que saliera de la cárcel, pero un día, sin previo aviso, desapareció. Todos creyeron que había huido y fue entonces cuando el abuelo aprovechó para inventar una falsa afiliación y proteger a su hijo. Sucedió el día en que fue invitado a una convención, delante de todos los presentes afirmó que esperaba que el apátrida de su hijo hubiera sido alcanzado en su huida por una bala. Fue así como terminaron las búsquedas aunque no las intrigas, pero lo que el mundo ignoraba era que el tío permanecía escondido en la misma casa de quien había hecho pública aquella declaración, el abuelo.
Mamá les llamaba cuando podía y fue el mismo tío quien le contó la situación, ella no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas del cauce de la herida que seguía abierta.
Durante los primeros años de la posguerra yo me sentía como un puntito en el universo de los mayores, que me parecía demasiado complicado, incluso cuando colaboraba con ellos llevando recados de mamá al cura y estando siempre presente cuando se reunían en la parte de detrás de la iglesia.
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