lunes, 17 de marzo de 2014

TRANSPARENTE

Ojo de hoja ojal
hueco por el que se ausenta
presenten mis distracciones al director
que vivo en rama de árbol
tengo ojo de hoja ojal
¿pueden ver acaso lo que me atraviesa?

QUISIERA


























Quiero apagarte la lluvia
para que no queme tu piel de arena
la noche enfría tus dunas
las alas se vuelven cadenas
cáscaras de amanecer ensucian la mesa
mientras me tomo el primer café
quisiera huir en el avión de papel
no despertarme mortal entre semana
quisiera arrancar las telarañas que acechan
invisibles en las sombras
como si fueran puñados de hierba seca
y dar vueltas alrededor del sol
como gigante, pequeño planeta.
Microcosmos soy,
macrobiótico pensamiento
enfundado en turbinas iracundas de amor.

domingo, 9 de marzo de 2014

EQUILIBRIO


























El elefante mueve sus patitas de gris peluche
la niña tiene las uñitas despintadas de esmalte de colores
el sol alarga sus rayos para tocarnos
y piensas:
qué poco falta para recuperar la vida
la araña que extendió su masa rosa de cera
que solidificó sobre tu cara
restaura el equilibrio con su rayo láser
despojándote de la parálisis en la que te sumergió
y la niña se levanta, "le gusta hacer tonterías"
las fotografías que hemos visto
nos recuerdan la belleza
de fundirnos con el entorno
de permanecer unidos a la naturaleza
más natural su cuerpo que el árbol del segundo plano,
esa es su elegancia.

sábado, 22 de febrero de 2014

LA ESTROFA INTERRUMPIDA





















Cómo se enredan los cables con bostezo de aurora
cómo se acunan los cantos de sirena en el ala murciélago
perdí, no perdí
gané
mientras dolía esa inocuidad de días
y la bruma brecha abierta en la memoria luna corazón
la mirada niña en la pupila del decantador
vaciábase en la escarcha del paisaje enfermo.

Fue la estrofa interrumpida para el quehacer urgente
para la sonrisa urgente, para abrazar la vida con más calma
porque amamos los mundos sutiles con Machado
también cuando la hoja afilada muerde o duerme bajo la almohada
y participamos de la vida amamantando con tinta verde al lechón dormido
en su futuro inesperado.

"It's a waste of time if I can't smile easily like in the beginning"



lunes, 10 de febrero de 2014

GATO ENCERRADO

Había un gato encerrado en el quinto. Todos lo sabíamos. En realidad, no todos, pues el mencionado gato no se sabe si era muy consciente de su propio encierro. Esto no quiere decir que estuviera solo o, por lo menos, así no era como lo suponíamos, sino acompañado por sus correspondientes dueños. Estos sí entraban y salían del piso. Por las noches, mi hija pequeña, de seis años, imaginaba a este gato aquejado de algún mal y se despertaba gritando: “¡Papá, papá! ¿Por qué llora el gato?”. “No llora, cariño, es que está en celo”. Le explicaba para calmarla. “¿Y qué es estar en celo? ¿Puede Susana estar en celo?” “No, María –la intentaba tranquilizar-, sólo los animales tienen el celo cuando es época de aparearse”. “¿Y qué es aparearse, papá?” “Es hora de dormirse. A ese gato no le pasa nada malo, ¿de acuerdo?”

A veces los alaridos del gato volvían a oírse por la mañana, entonces María sentenciaba que quería subir a conocer al gato de los del quinto. Los del quinto hacía poco tiempo que se habían mudado al barrio y no me atrevía a presentarme delante de su puerta para pedirles que enseñaran el dichoso gato a María. “Otro día, cariño. Cuando no tengas que ir al cole.” Ella se cruzaba de brazos, fruncía el ceño y poniendo morritos decía: “Sí, ya.” Sólo le faltaba sacarme la lengua pero, por lo menos, no insistía. O eso era lo que yo creía hasta que llegó el sábado. “Papá, hoy no tengo que ir al colegio.” Me comunicó con una sonrisa de oreja a oreja. “Entonces… ¿puedo subir a ver a Rodolfo?” “¿Rodolfo?” Le pregunté sorprendido. “Sí, Rodolfo el gato.” Aclaró. Decidido a zanjar el tema, me calcé los zapatos y le dije a María que hiciera lo mismo. “¡Vamos, vamos!” Repetía la niña tirándome del brazo. Después de llamar al timbre, apareció en la puerta un señor de barba espesa y con aire somnoliento. “Disculpe –le dije apurado-, vivimos en el piso de abajo y mi hija está empeñada en ver a su gato. Como maúlla tanto –carraspeé-, no ha habido forma de que se le olvide.” “¡Ah!” –la expresión de su rostro se volvió más despierta-, se refiere a Pepita”. “¡Rodolfo!” Soltó María a bocajarro. “No, guapita, se llama Pepita. Es una gata.” Resultaba extraño tanto diminutivo viniendo de un hombre tan barbudo. “El caso –continuó-, es que Pepita no es una gata común.” “Ya –le contesté-, ¿y de qué raza es?” “No, no –se rió el señor del quinto-. No se trata de eso. Pero no me he presentado: pasen, pasen. Soy Agustín.” Zanjadas las presentaciones atravesamos el umbral esperando que Pepita saliera a nuestro encuentro guiada por esa curiosidad tan característica de los gatos. Cosa que no sucedió. Ya estábamos sentados alrededor de una mesa en el salón cuando nuestro anfitrión dijo algo muy raro que todavía, a día de hoy, no he conseguido entender. En pocas palabras nos explicó que él no tenía ningún gato y que si, por casualidad, Pepita nos hubiera oído, se habría reído bastante de nuestra confusión, ya que era un metagato, es decir, que aunque él quisiera no podía acceder a nuestro deseo. “Pues, como sabéis, los metagatos no tienen apariencia física ni concreta.” Tengo que confesar que salí de allí más asombrado que mi hija que, en lugar de perpleja, parecía sentirse estafada. No por Agustín, el señor del quinto, sino por mí, por su propio padre que no había sido capaz de advertir la diferencia entre un gato de verdad y un metagato, que ni tiene pelo suave ni rabo ni bigotes ni orejas ni ojos y que, realmente, aún no sé qué es lo que tiene. “No te preocupes, María –le dije-. Tengo unos amigos que tienen un gato de verdad, es un gato europeo, muy bonito, atigrado. Esta misma tarde, podemos ir a verlo.” Pero María parecía haber perdido, repentinamente, el interés por los felinos, que le parecían, según me dijo, un fraude y a los que no quería volver a ver en su vida. No sabía que María conociera palabras tales como “fraude” y me extrañé tanto que llegué a dudar de si en lugar de mi hija sería mi metahija. Este pensamiento me llenó de estupor. La miré de nuevo y allí estaban sus dientes mellados, su flequillo tapando un poco la mirada de enfado. Debió de percibir mi nerviosismo porque enseguida cambió de expresión y dijo: “No importa, papá. Podemos ir. Sólo pasaré de los metagatos.” Reconozco que me tranquilizó mucho su habitual tono infantil, aunque también es verdad que, desde aquel día, no hemos vuelto a escuchar ningún gato en el vecindario.

miércoles, 5 de febrero de 2014

COSTUMBRE/ LA VIDA DE LOS OTROS


















Pálido, desvaído negro
que se vuelve gris
azulado
acerado
metal que corta los cristales
inundando de mientras tanto
de afuera un perro ladra
quizás sea yo ese perro
o sólo su ladrido
o el eco
eco
eco
sólo un eco
recorre las calles desiertas
aunque estén llenas a esta hora
mi soledad
las pasea
distingo
a lo lejos un coche
y se está yendo
si alguna vez fui feliz
si la costumbre de dejar los zapatos
limpios
a los pies de la cama
cada noche
si tan lejos estoy
sin saberlo
de lo que soy
de lo que nunca fui
si tan cerca estoy
de la eternidad de estos días
yéndose
como ese coche
como aquel globo
y la sonrisa del niño
que lo sostiene
nunca me conocí
secretos tras las voces
que escucho en silencio
secreto es mi sentimiento
llego
justo
en el momento
en que tú te vas
siento
marchitarse
este instante
pálido, desvaído negro
que se está volviendo gris.

EFÍMERO


























Piensa en negro
para volverte blanco
para no agonizar.
Piensa en negro
para darle elegancia a tu gesto
para sintetizar.
Piensa en negro
para diferenciar los matices de afuera
para enfatizar.
Piensa en negro
para recortar la sombra
para separar.
Piensa que en negro
desfilan uniformes
como alfileres ensartados
en la mariposa
sobre cartulina
negra.

martes, 21 de enero de 2014

jueves, 12 de diciembre de 2013


















Y tus botas de guerrero
socarradas por el barrizal
inauguran
versbos de pluma
ala de ángel sajada
como niños
pidiendo auxilio
en un día de lluvia eterno
como sueños
horadando
la espuma rizada
de la distancia cautiva
las Mil y Una Noches
de Sherezade.

PIEL DE SERPIENTE

Piel de serpiente
mudando
acuática serpiente
despojándose de rocas
madres inhabitadas
hundiéndose en el fondo de fango
dulce viscosidad amniótica
disgregarse y pertenecer
al cosmos eterno
silencio de criaturas abisales
hermosas partículas
átomos celestiales
gran serpiente de agua dulce
irguiéndose
recién muerta,
recién nacida
entre retama y armiño
muda de piel
la serpiente.

LA DIGESTIÓN

Dicen
que los cocodrilos
se tragan
ingentes cantidades
de roca
digieren así mejor
el alimento.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

SOLVIT FORMIDINE TERRAS
















Mi cariñoso homenaje a Ana María Matute y su "Paraíso inhabitado".

Salía del marco del cuadro y oíamos sus pisadas, crujidos de hojas secas. Cruzaba el patio nevado y entonces le perdía la pista. Sólo él y yo le veíamos. A nadie más le importaba. Cuando él se fue, el unicornio también se marchó. Durante mucho tiempo les esperé a los dos: ninguno volvió. Yo sí que volví al teatrito de cartón, a la alfombra de nuestras lecturas, al balcón de la estatua de león. Parecía que el paso del tiempo se había amontonadado sobre nuestros lugares habituales; desde luego, una enorme capa de polvo los cubría y las flores que crecieron esa primavera en la que me enseñó a volar como había prometido en invierno, se volvieron de plástico, viscoso plástico que no me atrevía a tocar. Preferí volver a navegar sola en barcos nocturnos de papel sobre el parquet encerado del salón de las lámparas de araña. De todos los niños que había conocido sólo le quería a él y él me había enseñado a volar y me había prometido también que un día nos iríamos juntos de allí, a París, donde su madre era una famosa bailarina rusa. Por fin, la conocí. Ese día en que ella no quería llorar y en que por nada del mundo yo lo hubiera hecho. Quería conocer a la única amiguita de su hijo, como decía mamá. Entonces decidieron que sería una crueldad no dejar conocer a una madre, por muy bailarina y rusa que fuera, a la única amiguita de su hijo. Las madres tienen un concepto muy anacrónico de la cordialidad. Porque sin la prohibición implícita anterior, mis escapadas no habrían existido. Ni los ires y venires de las tatas, ni su complicidad, ni la posterior necesidad de compresión de mamá.


Él también se escapaba, solía hacerlo por las noches. Yo no sabía a dónde iba. Sólo se que él podía ver al unicornio como yo, al mismo tiempo. Pero yo dormía y él salía de su habitación. Quizás iba hasta el balcón de cristal y desde allí podía otear, mientras yo permanecía sumida en el sueño, los caminos nocturnos de nuestro amigo secreto. Y le seguiría. Le perseguía. ¿Por qué habría de hacerlo? Ese ser de espejo, magia que no debía ser desvelada. ¿Por qué Yuri habría de seguirlo? Estuviera donde estuviera, estaría con él. Les imaginaba surcando los cielos, ese cielo celeste vacío de primavera. Atravesando bosques de abedules. Les imaginaba perseguidos, ahora ambos juntos, por el Rey Cuervo, esas últimas páginas que no quisimos leer les acechaban. La tía Amalia, encomiada por mamá, vino a llevarme a Las Ruinas. Mientras nos desplazábamos en “la cafetera” hacia tierras cada vez más verdes, me explicó, cuando le pregunté, que los unicornios, si se marchan, nunca vuelven.