martes, 28 de diciembre de 2010
viernes, 24 de diciembre de 2010
LOS NIÑOS TIENEN SINESTESIA
Tenía las manos verdes como la ropa tendida bajo el sol y los montes, que se extendían cuando subidos en los tejados alargábamos la vista para seguir la carretera principal hasta que se escondía detrás de la última colina más alta. Recuerdo también las noches frías que pintaban las paredes de naranja con las ascuas del brasero y el olor de esa fruta que cenábamos con azúcar y aceite se pegaba también por detrás de los cuartos cerrados. Las lámparas se movían haciendo un ruido de cristales pequeños después de apagar la luz y el perchero relucía con los ojos muy abiertos porque no teníamos sueño, como un personaje de las sombras que cobrara vida. La mañana se despertaba chocando azul contra los cristales y bajaba por los canalones hasta el patio pequeño del fregadero, se colaba después por debajo de la puerta trasera del baño y salía por la del salón hasta dar a la calle, donde se volvía tan blanca que todo eran callejuelas encaladas que bajaban y subían montadas en bicicletas dejando marcas rojas con las ruedas como líneas en los mapas.
Los días eran tan largos que parecían chicles de fresa. Después de cenar, volvía a salir a la calle con las farolas ya encendidas, intentando que nadie se diera cuenta de que cogía otra vez la bicicleta -ya había descansado bastante apoyada en la pared de fuera. Pedaleaba muy fuerte para alejarme rápidamente y a veces cantaba, soltando las manos del volante por una pendiente que me conozco de memoria, termina en una plazoleta llena de arena con una alcantarilla levantada en medio: la bici derrapa y yo salgo disparada por encima con las manos por delante y después me doy de bruces con la barbilla contra el suelo. Me dan cinco puntos y me ponen una venda alrededor, así que me baño más de siete días sin bucear y con el cuello muy estirado para que no se me moje la herida.
Justo después del accidente llega mi madre y me dice que parezco Nefertiti con aquella barbilla; a mi me hace mucha gracia ella porque se le ha vuelto la voz amarilla de comer los membrillos de la abuela, como las barandillas a las que nos subíamos los niños para hacer volteretas y nunca nos caíamos. Siempre recuerdo que allí en el pueblo, cuando las sombras no tienen sueño, siguen los pasos de la gente mayor por las cuestas y preceden a los niños que están volviendo a casa a medio día. Mientras, flotan sobre mi unas sábanas tranquilamente verdes justo antes de cerrar la puerta.
Los días eran tan largos que parecían chicles de fresa. Después de cenar, volvía a salir a la calle con las farolas ya encendidas, intentando que nadie se diera cuenta de que cogía otra vez la bicicleta -ya había descansado bastante apoyada en la pared de fuera. Pedaleaba muy fuerte para alejarme rápidamente y a veces cantaba, soltando las manos del volante por una pendiente que me conozco de memoria, termina en una plazoleta llena de arena con una alcantarilla levantada en medio: la bici derrapa y yo salgo disparada por encima con las manos por delante y después me doy de bruces con la barbilla contra el suelo. Me dan cinco puntos y me ponen una venda alrededor, así que me baño más de siete días sin bucear y con el cuello muy estirado para que no se me moje la herida.
Justo después del accidente llega mi madre y me dice que parezco Nefertiti con aquella barbilla; a mi me hace mucha gracia ella porque se le ha vuelto la voz amarilla de comer los membrillos de la abuela, como las barandillas a las que nos subíamos los niños para hacer volteretas y nunca nos caíamos. Siempre recuerdo que allí en el pueblo, cuando las sombras no tienen sueño, siguen los pasos de la gente mayor por las cuestas y preceden a los niños que están volviendo a casa a medio día. Mientras, flotan sobre mi unas sábanas tranquilamente verdes justo antes de cerrar la puerta.
sábado, 18 de diciembre de 2010
ANTIVILLANCICOS: MÚSICA DE VERDAD
Las Navidades pasadas iniciamos sin querer lo que quisimos convertir en alegre oh! blanca tradición. Agotados de escuchar siempre todas las navidades la misma sintonía de "la virgen se está peinando", buscamos nuestra particular forma de celebrar la música (también si es necesario en navidad): un poco porque nos gusta la música -dicen que "quien ama la música, ama la vida", y por lo menos así reza un cartel que hay en el Café Ajenjo, C/ Galería de Robles- y otro tanto porque como a otros muchos no nos gusta esta institucionalizada forma comercial de navidad-navidad de la que, todo hay que decirlo, participamos.
Pues bien, gracias a la afortunada asociación de Music World Network con MUSIC ROUGH GUIDES, descubrimos un estupendo CD, THE ROUGH GUIDE to the music of BALCAN GYPSIES que ofrece una magnífica selección de músicas del mundo recorriendo en este caso Romania, Serbia, Bosnia & Herzegovina, Bulgaria, Albania, Turkey/Armenia, Greece y Macedonia.
Hoy queremos presentaros una de nuestras canciones preferidas de este album interpretada por Usnija Jasarova (& Esma Redzepova). Todavía no sabemos qué parte del mundo nos alegrará este año con la autenticidad de su floklore pero esperamos compartirlo pronto con vosotros. Ni que decir tiene que se admiten todo tipo de propuestas relacionadas ¡A gozar con los canticos de Usnija!
Pues bien, gracias a la afortunada asociación de Music World Network con MUSIC ROUGH GUIDES, descubrimos un estupendo CD, THE ROUGH GUIDE to the music of BALCAN GYPSIES que ofrece una magnífica selección de músicas del mundo recorriendo en este caso Romania, Serbia, Bosnia & Herzegovina, Bulgaria, Albania, Turkey/Armenia, Greece y Macedonia.
Hoy queremos presentaros una de nuestras canciones preferidas de este album interpretada por Usnija Jasarova (& Esma Redzepova). Todavía no sabemos qué parte del mundo nos alegrará este año con la autenticidad de su floklore pero esperamos compartirlo pronto con vosotros. Ni que decir tiene que se admiten todo tipo de propuestas relacionadas ¡A gozar con los canticos de Usnija!
LAS MÁSCARAS

"Fuego Eternamente Vivo"
Salimos de allí despavoridos, como si aquellos rostros que estaban esculpidos en madera nos estuvieran mirando con sus ojos fijos y pretendieran revelarnos algo desconocido acerca del tiempo que se vertebraba en sus anillos. Miramos hacia atrás cuando ya estábamos lo suficientemente lejos y todas esas máscaras habían desaparecido. Lo que vimos después fue un tren que partía relinchando sobre unas vías que antes no estaban y que dejaron tras de sí la visión de un paisaje recién nacido que parecía eterno.
Eran las cuatro de la tarde, o eso marcaban nuestros relojes. La playa era inmensamente bella, salvaje y solitaria. Permanecimos callados mirando el horizonte y la arena era tan suave que nos quitamos los zapatos y nos acercamos a la orilla como si siempre hubiera sido sencillo caminar descalzos. El bramido del tren se había perdido en la distancia y sólo se escuchaba el rumor de las olas transmutándose las unas en las otras al rítmico son de la marea.
Por un momento nos miramos a los ojos y sin decir palabra comenzamos a atar los cabos sueltos de la barcaza y, cuando todo estuvo preparado, nos lanzamos a la mar. De vez en cuando oíamos chillar a las gaviotas por encima de nosotros y las veíamos alejarse hacia un puerto escondido tras una espesa bruma. No había capitán en el barco, pero tampoco nos faltaba, pues el timón se dejaba llevar por los designios del viento.
Pasado un buen rato, nos preguntamos cuánto nos habríamos alejado de la costa y echamos un vistazo a los relojes en vano: habían dejado de funcionar, seguían siendo las cuatro. En el interior del barco encontramos a duras penas una radio que sintonizaba la frecuencia con otra, la del faro. Supimos entonces que nos hallábamos solos en un radio de cincuenta millas en el Mar Egeo y que aunque el tiempo no nos serviría como lo hacía habitualmente, su climatología era propicia para la navegación. Oswald se despidió, no sin advertirnos antes que pronto perderíamos la conexión y no podría servirnos de guía.
Creímos ver la luz de la sirena del faro, pero al mismo tiempo escuchamos un sonido que parecía proceder no tanto de aquella luz artificial ni de ningún otro barco, si no de las mismas entrañas ultramarinas. Fue así como dirigimos la mirada hacia el oscuro fondo y creímos rescatar un tintineo de escamas doradas que se movían junto con otros brillantes filamentos de colores claramente subacuáticos. Aquel misterio se nos quedó prendido en las retinas y como dos sonámbulos de la noche nos arrojamos sobre las frías aguas, viendo aparecer alrededor nuestro las cabezas de unas trémulas nadadoras de torsos desnudos que tomaban grandes impulsos sobre sus colas de pez gigante: no podían ser otros que aquellos seres mitológicos de los que se guardó Ulises atándose a un palo.
Mientras ellas seguían cantando de esa forma tan peligrosamente envolvente como enigmática, nos sentíamos desvanecer, pero algo mayor que aquellas voces nos sostenía siempre sobre la superficie, como si el mar hubiera decidido hacerse balsa. Quisimos reaccionar, subir a la cubierta del barco, pero algo también superior a nuestra voluntad nos lo impedía. Pasamos la noche entera en aquel estado, entre el sueño y la vigilia (“Soy un suceso. No tengo otra silueta que el cambio”-1-). Hasta que la mañana siguiente nos despertó con una luz precaria que quería colarse por las rendijas de la entrada a la cueva oscura en la que nos hallábamos.
Tardamos mucho en ubicarnos, la vista no alcanzaba a ver nada hasta que los ojos se acostumbraron a la penumbra y pudimos comprobar que no estábamos solos. Junto a nosotros habían otros cuerpos igualmente tumbados y también había otros hombres de pie, ataviados con túnicas y del todo despiertos, parecían supervisar lo que fuera que fuese todo aquello.
Poco a poco fui saliendo del estado de letargo y varias geografías vinieron a situarme: la Isla de Samos estaba cerca, y Focea, Hierápolis, Acaraca, ¡el Templo de Apolo! Entendí que aquellos hombres erguidos eran sacerdotes y nosotros, los que yacíamos inmóviles en posición fetal éramos iniciados; los iniciados en la incubación.
“Así es como funcionan las repeticiones. Se borran las diferencias, se mezcla una cosa con la otra. Sólo se puede explicar hasta cierto punto porque, en realidad, tiene que ver con otro tipo de conciencia. Y así se ve uno enfrentado a una elección aparente. Entre retroceder y alejarte o dejar que te lleven”.
(En los Oscuros Lugares del Saber, Peter Kingsley)
(1) desbordamiento de VAL DEL OMAR (Museo Reina Sofía)
jueves, 25 de noviembre de 2010
REALIDAD FOTOSENSIBLE

"En Okina: riachuelo" (Mir, Vitoria-Gasteiz 2009)
“Doctrina de los que no conocen como fuente de conocimiento más que la razón, rechazando, por tanto, la revelación y la fe”. Racionalismo (def.)
Fuiste llegando como las sombras que se acercan en las aceras. No tenía cabida la sospecha, si es que todos sospechamos algo imposible tras los acuerdos tácitos. Mientras, seguía existiendo lo sagrado cobijado en la negrura ¿Por qué no decir que yo no sabía cuál era la base de nuestro pacto? Quizás, mientras tanto, tú urdías la tela de araña que terminaría por tragarme tan sólo a mi.
Silenciábamos voluntariamente las palabras. Nuestro silencio era la tensión que mantiene el equilibrio entre el arco y la flecha: el acuerdo mutuo de no entrar en pormenores, de tener atado lo singular en función de lo viejo, la parte en sombra de la realidad que la hubiera hecho insostenible de haber sido.
Las afueras de la ciudad eran las fauces del león, un descubrimiento que nunca llegaría. Como en aquella canción que hizo que buscase Eva, “everybody has to learn sometime”, ahondábamos en el vacío que nos separaba como exploradores expertos, ajenos a la función anticipatoria de los sueños. Cualquier cosa ya había pasado y todo había sido. Por lo tanto, aquello permanecía como un rostro en un cuadro, rozando la eternidad, detenido, suspendido.
Aunque la distancia te regalaba sus favores cristianos, la fraternidad se rompía igual que la costra de una herida que se estaba curando. Hablar de ti, en aquel momento, era como suele decirse, hablar del sexo de los ángeles; y yo situaba el paraíso tan cerca tuyo que dejaba la mirada ausente, perdida en lo general de las vistas que nos ofrecían los altos pisos que frecuentábamos, creando espacios de tiempo en los que un segundo duraba tanto, que hubiera sido imposible descifrar cuántas horas o minutos pasábamos. Ineludibles pesquisas contra el irremediable transcurso de los momentos, que si bien tardaron en materializarse, no dejaron de ser un estiramiento inapropiado del desenlace imprevisto hacia un salvaje futuro.
Así fue como recorrimos, intangiblemente, las callejuelas de nuestro olvido, alejándonos siempre un poco más hacia el otro lado del espejo.
Finalmente, las distancias se hicieron conmigo. Apresada junto a ellas, aprendí de memoria el nombre de los ríos y reconocí el silbido siseante de la cítara. Sólo fue cuestión de tiempo comprender lo sucedido. Caer en el abismo ciego es tan fácil, como difícil es decir el nombre de un errante amigo. Remangarse los pantalones y quitarse las botas impecables.
El terreno embarrado que rodeaba la Laguna Invisible hizo lo demás por nosotros.
Tantas veces recorrí sus circunvalaciones que acabé por encontrar una barca en la orilla: ese embalse tenía una desembocadura y pronto recorrí la magnitud de su cauce hasta llegar al delta del río, lugar-extremo donde la ecuación estalló y los átomos se dispersaron permitiendo ser visualizados como partículas elementales, que ponen de manifiesto que la realidad no es indivisible, pero tampoco fragmentaria.
De nuevo, como en los cuentos que nunca terminan, mi memoria señaló un punto a lo lejos, entre el horizonte y mi partida: la roca subyacente al sentido. Pesada y fría, casi mineral, encogida pude levantarla, y dejándola a un lado, continué mi camino (como siguen las historias de los hombres). Recordé la letra de otra canción que decía: “el hogar es aquel donde el corazón está“, y ya me había dado cuenta de que pensar que el mío estaba contigo, era una apreciación cargada de ilusionismo.
Esta mañana ha venido a verme Jonás y me ha traído un cántaro de agua que había llenado en la fuerte de piedra. Hemos salido al bosque a pasear y he podido comprobar como en los últimos meses, el verdor casi ultramar de las hojas, el musgo, la hierba … ha seguido expandiéndose sobre la superficie del campo; igual que ha ocurrido con la hiedra, que ha terminado por invadir casi todos los rincones de los muros que quedaban al descubierto en los jardines de la entrada.
Jonás lleva viviendo varios días conmigo. Parece que no quiere irse y, gracias a él, estos días están siendo los más apacibles que he podido disfrutar en mucho tiempo. Empiezo a sentir que mis músculos están relajados y mi mente se despereza del hastío de estar dentro de uno mismo. Quizás sea porque no se lo pido, pero todo esto me está devolviendo algo que siento que nunca había tenido, pero que sin embargo, nunca había dejado de ser mío.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
LA CIUDAD SIN LÍMITE

Teníamos las manos entrelazadas en la parte trasera del coche. Nos movíamos por la ciudad que pronto sería un nuevo vientre de adopción. Alejandro nos guiaba con soltura por sus calles y nos mostraba algunos bares, algunos parques, algunos lugares de reunión y actividades culturales … Pero ahora nos dirigíamos a su oficina, tan rectilínea y blanca como el cuadrado blanco sobre fondo blanco que pintó Malevich abriendo una nueva etapa en la pintura vanguardista. La ilusión tenía más prisa que la mirada y nos pareció que aquel espacio inmaculado en su decoración minimalista podría albergar grandes esperanzas. Si hubiéramos dicho “futuro” no habríamos sabido explicarlo mejor.
Me pregunto cuantas veces más hubiéramos sido capaces de embarcarnos en otra aventura para encontrar el caparazón de la tortuga que nunca duerme, ese en el que dibujamos años atrás signos e ideogramas desconocidos para ella mientras seguía su lento camino; sumida toda noche y día, en una especie de conmoción lingüística que nos pretendía hacer entender ciertas mediciones o medidas como lo son el tiempo y el espacio, en el crujido de la hierba fresca bajo sus patas y cuando se tendía a descansar en las arrugas prehistóricas de su cabeza chata, que sería el eje imantado sobre el que el tiempo gira y gira como las bisagras de una puerta giratoria.
Estábamos cansados. Llevábamos saltando de trabajo en trabajo durante todo el último año, así que los tradicionales pintxos de la barra nos parecían manjares exquisitos y de nuevo un preludio apetecible. Me olvidé de decirlo, el suelo era también blanco, y pronto, la tierra se tiñó de un manto níveo y las ventanas se cerraron viendo caer los primeros copos del invierno. La mirada se erguía como la copa de los chopos que ya habían perdido todas sus hojas. Se abrieron los libros, nuevas entradas en los blogs, los estuches de pinturas, la olvidada primavera de los ramilletes de flores compradas, los bigotes de los gatos, terminaciones sensitivas que se enroscaban en el ovillo peludo de su cuerpo elástico.
Quizás demasiada oscuridad siempre en su cielo y amaneceres apoteósicos que flotaban como oleos en los muros abiertos de cada habitación. La catedral tan cerca de casa y tan lejana en el paisaje urbanístico. Ciudad del norte, ciudad de provincia, ciudad silenciosa como la nieve.
El trabajo se hacía esperar cada mañana estando aún en la misma oficina mientras los altavoces hacían sonar tanta música distinta que parecía que fuera a agotar nuestra capacidad de comprensión auditiva. El teléfono, en cambio, sonaba demasiado poco, la puerta se abría demasiado de vez en cuando. Mañanas solitarias sin trabajo en la oficina de cartón. Con su armario, un trastero del que salía humo de vez en cuando y donde la plancha calentaba los sándwiches que luego masticábamos sentados en el sofá de cuero. Charlas, muchas charlas, como si nunca nos hubiéramos conocido de otra forma. Alejandro y yo. Tú en la escuela, enseñando a los chavales filosofía. Y pienso entonces para este trabajo, que las pirámides de Egipto como ejemplo de lo que puede ser un espacio en sí mismo, no difieren tanto de cualquier paisaje nevado. Aunque en los polos opuestos, sea porque las unas son de signo magnificente y de escaso número, y los otros, tantos y tan chiquitos … Porque unas aparecen, casi alucinación mágica tras el velo de la calima, imponentes en el desierto; y los otros oscilan eternamente en el vacío de los cristales, detenidos en un mantra infinito, igualmente extáticos.
Al escribirlo no me entretengo en los significantes demasiado, pues quiero que sean poseídos, que se halle antes el significado que las palabras, en un refugio de montaña; que suena bonito y que me perdone el Sr. Kafka (tan grande como lacerante).
"En general – escribió Kafka en 1904 a su amigo Oskar Pollak -, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un mazazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”
lunes, 22 de noviembre de 2010
GUY BOURDIN: A MESSAGE FOR YOU




Magnífica exposición del fotografo francés Guy Boudin (1928-1991) que puede verse en la Sala Canal Isabel II, Sta. Engracia, 125 hasta el 9 de Enero.
El que fuera un antiguo depósito del Canal Isabel II fue reconvertido en una curiosísima sala de importantes exposiciones fotográficas. El interior del edificio circular alberga en su oscuridad todo un entramado de estructuras de metal -varias plantas descubiertas a las que se accede por unas escaleras centrales que terminan en una bóveda convexa compuesta por retales remachados con tornillos gigantes que bien podrían haber pertenecido a toda una generación de jovencítos Frankensteins- entre las que las fotografías expuestas y las diapositivas proyectadas aparecen como fogonazos de la más auténtica belleza.
La belleza carnal de Nicolle Meyer, modelo protagonista, se destaca sobre los ambientes desolados e impersonales de los escenarios en los que se sitúa, acaparándolo todo con su fuerza vital que convirte los propios márgenes puramente objetuales de la vida en partes igualmente imprescindibles del ensoñador conjunto de belleza.
Una conjunción de obra y vida que quiere escapar de la materia para materializarse más allá en los ojos del artista que es capaz de apresar esa belleza que de otra manera ...
El infinito no tiene medida
la eternidad no conoce el tiempo
transformaré la belleza en marmol (...)
Según expresa en uno de los textos que a modo de poesías van antecediendo las proyecciones simultáneas de sus fotografías en la planta baja, que, bajo mi punto de vista, son igualmente preciosos.
Vamos ... Que no se lo pierdan¡¡¡
martes, 19 de octubre de 2010
COMO CADA MARTES
Tengo alados
dos caballos
uno pide tregua
el otro pide guerra
uno no se queja
el otro se aburre
y se cansa demasiado.
Si no les enseño a tiempo
a esquivar
van a correr la ventisca.
El crepúsculo les consuela
se acurrucan todo cuerpo, repliegues de alas y patas
la cabeza baja
el cielo permanece
en cualquier microcosmos
el tiempo se detiene
en cada árbol del camino
en cada coche que pasa como un fogonazo.
Veo la primera farola que se enciende
después veo todas las demás
y la intesidad de los colores ultranaturales
dibuja los contornos de todo lo que existe
veo incluso tu silueta toda negra
debo esperar a llegar a casa para contar,
enciendo la luz de una bombilla.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
CONTROL
Llevo días soñando contigo, con que el paso del tiempo lo borra todo, tiempo borrador-"cabeza borradora". Voy a dejar de imponerme disciplinas que sólo hacen que pesen los pasos. Voy a dejarme volar como la cometa en manos del niño. Sin amarras, sólo la sinceridad con uno mismo. Que es mucho más sencillo dejarse llevar que atar los clavos con tornillos. Días de ansiedad y depresión. Ojeras que no ven el sol. Saltamontes dormidos y salamandras fantasmas. Hojas secas y lapiceros en el cajón... Todo por creer que era mejor el control que la armonía fluida de mi propia voz y el descanso en la cocina, para no salir, que el miedo está esperando fuera. Cada cosa que no digo, cada hilo sin hilvanar estallan como un sol de acero. ¿Por qué no seguir como si nada? ¿Por qué escuchar la voz que dice a todo que no? Si sólo es un suspiro, una breve sentencia herida, autodefinida. Un pequeño dictador metido en la cabeza o sin las lágrimas de Dostoyevski más sólo está el pobre Hegel.
martes, 14 de septiembre de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
